La Troja (Barranquilla)

La Troja

La Troja (“Patrimonio cultural y musical de Barranquilla”) ocupa los dos pisos de una esquina vecina de la estación Joe Arroyo del Transmetro (“Te une a Barranquilla”) y del Estadio Rogelio Martínez. Y hace honor a su título como expresión de la cultura y el gusto musical de la Arenosa.

Me gusta sentarme en sus mesas exteriores (que, poco a poco, ocupan toda la acera) a tomarme unas cervezas, sentir la brisa, fumar, oír (cómo no) los enormes parlantes con sus 70 u 80 decibeles, ver bailar, y disfrutar de la mejor música antillana que he oído en mis años de sofista de taberna. Y mientras oigo y miro bailar voy armando mi teoría sobre el poder territorializante de la música popular.

Además de la música, lo que más me gusta es ver bailar (pues, que voy solo y ya todas tienen dueño). Al sitio va gente de todos los estratos: del 3 al 6 a rumbiar y beber; del 1 al 3 a vender fritos, cigarrillos, chucherías, y atender las mesas. Y va gente de todas las edades: desde las chicas Águila Light (que deben tener 16 o 17) hasta veteranos septuagenarios que bailan como muchachos de 15. Muchos bailan solos (hay más rumberos que rumberas) y algunos vienen con trajes de fantasía para pasar el sombrero después de cada tanda bailada. Vi un viejo setentón haciendo la caída de la hoja ante el grito de asombro de las mises. Vi a un indio (¿guajiro?) bailar de una manera terrible, con un gesto de convicción y fuerza que lo hacía sudar a raudales, y sentí lástima. Pero ver a las mujeres barranquilleras menear sus traseros a velocidades y ritmos inverosímiles compensa todo.

Las paredes de La Troja tienen mucha pintura, dibujos, letreros, afiches, fotografías y televisores. Uno preferiría ver videos musicales en las cajas mágicas, pero casi siempre pasan deportes, fútbol, sobre todo, pero también boxeo, béisbol, básquet. Como hay partido del equipo tiburón, llegan muchos hinchas, ellos y ellas con sus camisetas. A mi lado se sienta uno con cuerpo de fisiculturista y cara de niño malo. A su lado otro muy parecido a él. Estornuda sobre mi rodilla. Pienso que es un accidente. Vuelve a hacerlo. Me afirmo en mi silla y tomo la botella por el cuello (sin levantarla de la mesa). Espero el tercer estornudo. No llega. Me cambio de mesa. Hay patanes en toda parte.

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Walter Benjamin: La memoria de las víctimas

Pensamiento y cultura

BenjaminW alter Benjamin nace en 1892 en el seno de una próspera familia judía de Berlín, Alemania. Estudia filosofía en Berlín y Turingia, y se hace ensayista y crítico literario. Su obra incluye una gran variedad de temas tratados con igual rigor filosófico que penetración imaginativa, y constituye una de las producciones críticas más importantes de la primera mitad del siglo XX. Con la ascensión de Hitler al poder, Benjamin se instala en Paris donde escribe sus principales obras. Al invadir los nazis Francia intenta huir a Estados Unidos a través de la frontera española, pero el gobierno de Franco niega el paso de los refugiados hacia Lisboa. Estando en Port Bou, Benjamin está ya cansado de tanto horror y tanto sufrimiento. Ya no puede más y decide quitarse la vida ingiriendo una gran cantidad de morfina. Era la noche del 25 de septiembre de 1940.

 Se podría decir…

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De Theodor Adorno


De Chamanes y otras hierbas

El escándalo por el pago de casi $4’000.000 al chamán Jorge Elías González para que impidiera la lluvia en la clausura de un campeonato de fútbol –aparte de que podría ser una cortina de humo para tapar el cuantioso desfalco del que fue objeto la nación en tal evento- podría servir de escusa para varios temas de discusión: ¿Cómo conviven las prácticas mágicas antiguas con las confesiones religiosas cristianas? ¿Además de los conocimientos empíricos de la farmacopea botánica, tienen los chamanes la capacidad de ver o modificar el futuro, por ejemplo, haciendo algo que para la técnica occidental sería muy difícil, como controlar el clima? ¿Es válido que los recursos económicos del estado se inviertan en prácticas mágicas para algún propósito?
Con ingenua soberbia el chamán, ante la posible citación ante las autoridades judiciales, ha dicho que “a nadie se le puede juzgar por hacer bien su trabajo”. Soberbio porque se cree su cuento, él impidió que lloviera; ingenuo porque su frase es ambigua, los delincuentes y criminales también “hacen bien su trabajo”. Hay, pues, de trabajos a trabajos.
Un pueblo que cree que las reliquias de los santos hacen milagros, el prepucio del niño Jesús, el cilicio de algún mártir, la sangre de un papa, todo puede ser milagroso en el brumoso mundo de la magia, así esté disfrazada de piedad y fervor religioso. Un pueblo que sale de misa y va a la lectura del cigarrillo o el tabaco; que sale del colegio o la universidad y prende un cirio al “Señor caído” para que la mamá se cure de cáncer. Un pueblo que cree en hierbas y baños para mejorar la suerte, el negocio, o para “amarrar” a la pareja. Un pueblo así, no se pregunta si el chamán puede o no parar la lluvia, se pregunta si no estará cobrando muy caro.
Nuestros antropólogos, posmodernos desde antes del posmodernismo, han terminado convencidos de que su deber moral y político es aceptar como verdaderas las cosmovisiones y las prácticas mágico-religiosas de las comunidades indígenas y afro-descendientes. Uno de ellos responde en la tv que los “médicos ancestrales” “armonizan a las personas con la naturaleza, las piedras, las aguas, etc.” lo que probaría que pueden hacer lo que dicen. Pero resulta que nuestro chamán de marras no es un “médico tradicional” sino uno que, dice, aprendió “ciencias ocultas” a desde los 10 años. Aprendió a “programar un campo magnético” que impide la lluvia, a base de pases mágicos, conjuros y padrenuestros. Dice conocer la “radiestesia”, ciencia que permite investigar las “cosas ocultas”, tan ocultas que los cerebros más poderosos de occidente no han dado con ellas.
Mientras que la miseria intelectual y material siga siendo lo común en este pueblo, pervivirán la magia, las supersticiones y las jugosas ganancias de las grandes iglesias. Lo demás es armar tormentas en un vaso sin lluvia.


Yo me llamo… Míster Gardiner

Desde mi Jardín (Mister Gardiner’s Diary)
Como si no fuera suficiente el cuidado que demanda el Jardín (me dedicaré a las heliconias, que crecen sin muchos cuidados) vienen los aprendices de jardineros a preguntarme todo tipo de cosas (debe ser por lo de la medalla que gané con mi trifoluim aristotélicus): que si conozco semillas que permitan a los buchones del pantano superar su incipiente alimentación y pasar a la universitas; que si los jóvenes cactus de las barriadas pueden aprender a regularse según la moral kohlbertiana; que si los párvulos guayacanes de la escuela pueden lograr la autonomía antes de recibir todas las semillas de la Iglesia; que si los cartuchos de la Corte Constitucional prejuzgan a los canabiciosos de las calles y universidades; en fin, que si las hojas del platanillo permiten explicar la diferencia entre ficción y realidad que se le escapa al vaquero searleano… y hay más, tantas que cansan.
Así que les digo, muchachos, soy un ignorante desvergonzado, si sabía algo, ya lo he olvidado… estoy dedicado a las heliconias, son tan hermosas, con sus flores macho, sus flores pájaro, sus flores de cono, sus flores de flores; todas grandes y carnosas, hechas para vivir a la interperie sin sucumbir a la primera tormenta… ¿quién fuera como ellas?
Dicho lo cual, cierro el taller, enciendo mi pipa, y veo la tevé. Algunos noticieros, el concurso de imitadores (Yo me llamo…) y nada más. Evito enamorarme de las presentadoras, desde que me creí tanto mi traga de mi Sílfide Corza que me dolía no tenerla. Pendejoquesuno.
El concurso de imitadores ha resultado muy divertido, sobre todo al comienzo (porque los malos imitadores dan mucha risa) y no tanto ahora, cuando todos los imitadores son relativamente buenos. Cada quien terminará juzgando por sus gustos y el concurso se decidirá por votación popular, supongo. A mí me gustan los que imitan a los cantantes que me gustan: Nino Bravo (¿ya salió?), Plácido Domingo (cuyo imitador tuvo que emberracarse con los mediocres entrenadores que les han asignado), Roberto Carlos, Rubén Blades… y no más. Reconozco que el imitador de Helenita Vargas me ha descrestado (me gusta más que la original); el de Darío Gómez es muy bueno; pero, en los demás casos, si no me gusta el original, mucho menos el doble.
Bueno, eso era todo, casi nada.


Cosas que pasan

EEUU y la Unión Europea tratan de borrar su culpa en el baño de sangre que han provocado en Libia. Según las agencias de prensa, que servilmente retransmiten las cadenas nacionales, toda la responsabilidad es del ‘dictador’ y ‘tirano’ Gadaffí empecinado en asesinar a su pueblo. Omiten mencionar los bombardeos, cada vez más alevosos, bendecidos por la ONU, de sus máquinas de muerte. Los nobles rebeldes contra el malvado tirano, ¡qué causa más noble!

El gobierno de Santos trata de evitar el incendio que le iban a armar las universidades públicas. Anuncia que no habrá inversión privada en las universidades públicas. Me parece que disiento de unos y otros: claro que la empresa privada sí debe invertir en la universidades oficiales, pero sin esperar ningún retorno ni contraprestación directa o inmediata. Sea como impuestos o como donaciones, el capital privado siempre deberá ser recibido.

Y ante el otro incendio que valientemente estaba armando el parlamentario Fernando Velasco sobre el robo al bolsillo de los ciudadanos en el precio de la gasolina, lanzan un pañito de agua tibia, una rebaja de cien pesitos, que no alcanzan ni para pagarle al muchacho que limpia el parabrisas.

Lo único bueno es la belleza. La de ese par de presentadoras, Siad y Melissa, que nos pone Caracol para placer del ojo y alimento de la fantasía. La incorporación al equipo de la bella Vanessa de la Torre (cuán orgulloso estaría el doctor Alejandro). Y las de siempre: Malú, Mábel, la elegante Andreína, la delicada Catalina, la recatada Inés María, las dos potrancas de RCN (la que enseña las piernas y la que aparece en todas las vallas publicitarias), y así.


Sobre la regla formal de justicia.

Sobre la regla formal de justicia.

Algunos columnistas de El Espectador han escrito, en estos días, sobre el tema de la justicia, en su relación con el tratamiento que debe dar el Estado a las comunidades étnicas. El tema es tan viejo como la misma antropología y tan antiguo como nuestra relación con el Otro, cualquiera que sean ella y él.
He tenido ganas de opinar, en serio, sobre el asunto. Que da para un trabajo académico, para el que no tengo  el tiempo necesario, por ahora. Pues tendría que revisar la ética y la política de Aristóteles, para revisar sus ideas sobre la justicia (En las columnas de Humberto de la Calle y María Elvira Samper* se le atribuye a Aristóteles una versión de lo que Perelman denomina ‘regla de justicia’, bajo la fórmula: “tratar de igual modo a los iguales y de modo distinto a los diferentes”). Tendría que revisar, al menos, dos trabajos de Perelman: Su ensayo “De la justicia” y sus “Cinco lecciones sobre la justicia”. Por lo pronto van estas dos citas del primer ensayo, de 1945:

“Es ilusorio querer enumerar todos los sentidos posibles de la noción de justicia. Demos sin embargo algunos ejemplos que constituyen las concepciones más corrientes de la justicia, de las que se verá inmediatamente su carácter inconciliable:
1. A cada quien la misma cosa.
2. A cada quien según sus méritos.
3. A cada quien según sus obras.
4. A cada quien según sus necesidades.
5. A cada quien según su rango.
6. A cada quien según lo que la ley le atribuye.”

(Ch. Perelman: De la justicia, p. p. 16-17)

Nótese que Perelman deja implícito el comienzo de la regla o definición, por ejemplo: “Dar a cada quien…” (En vez de ‘dar’ podrían aparecer: ‘conceder’, ‘legislar, etc.). Perelman pasa enseguida definir con mayor precisión los seis casos y a argumentar su “carácter inconciliable”. Omito este paso, pues Perelman propone enseguida su “Regla formal de justicia”:

“Se puede por tanto definir la justicia formal y abstracta como un principio de acción de acuerdo con el cual los seres de una misma categoría esencial deben ser tratados de la misma manera. Notemos de inmediato que acabamos de definir una noción puramente formal que deja intactas todas las divergencias a propósito de la justicia concreta. Esta definición no dice ni cuándo dos seres forman parte de una categoría esencial ni cómo hay que tratarlos. Sabemos que hay que tratar a estos seres no de tal o cual manera, sino de manera igual, de suerte que no pueda decirse que se ha perjudicado a uno de ellos en relación con el otro. Sabemos también que un tratamiento igual sólo debe darse a los seres que forman parte de la misma categoría esencial“.(Ch. Perelman: De la justicia, p. 28). (agrego cursivas y subrayados).

Esta regla formal de justicia: “Seres y situaciones esencialmente semejantes, deben ser tratados de modo semejante” (que implica su contraria: “seres y situaciones esencialmente diferentes deben ser tratados de modo diferente”), no nos dice cuándo dos seres o situaciones son esencialmente semejantes o diferentes, ni nos aclara cómo debemos tratar cada caso, cómo debemos actuar o comportarnos frente a ellos. Es sólo una regla formal, que sub-entiende el principio lógico de identidad y llama a un comportamiento coherente con la regla de la identidad y la diferencia. Y está sobreentendida en casi cualquier sistema jurídico.

Lo interesante es que el mismo Perelman introduce un concepto que permite distinguir dos modalidades de “regla de justicia”, el concepto de “reciprocidad”. Mientras que la regla formal de justicia puede ser aplicable de modo vertical y autoritario, por quien detenta el poder de legislar sobre el comportamiento de los demás (tratando como semejantes a sus ‘pares inter primus’ y como diferentes a los que le están subordinados, y puede ser justo con ambos, tratando igual a los iguales y distinto a los diferentes), la “regla de justicia con reciprocidad” (como hemos propuesto llamar a esta variante) supone una relación de horizontalidad entre quienes legislan y padecen la acción de la justicia. No sólo supone el ideal de que todos somos iguales ante la ley, sino además que la ley debe ser aceptable para todos.

Son casos o variantes de la regla de justicia con reciprocidad todas las variaciones de la llamada “regla de oro”: “No hagas a otro lo que no quieres que te hagan a ti”, “Trata a los demás como quieres que ellos te traten a ti”, que siguen siendo variantes de la regla formal de justicia, que está en la base de casi todos los códigos morales y religiosos (Savater puso a la reciprocidad en su lista de principios éticos universales; yo, más realista, lo considero un ideal universalizable). Y merece especial atención la variante kantiana de la regla de justicia, el famoso ‘imperativo categórico’, que en una de sus versiones reza: “Actúa de tal modo que la máxima de tu acción pueda servir de base para una ley universal”; y que traducido a un lenguaje más común diría: “Cuándo tengas que tomar una dedición moral, piensa qué debería hacer cualquier ser humano racional y bueno y justo, como tú, en esa situación”. Es decir que Kant deja a la subjetividad de cada uno la desición sobre qué debe ser un norma universal, qué debe ser una pauta universal de comportamiento.
Los lectores de K. O. Apel y de Habermas, recordarán que ellos proponen revisar el imperativo categórico, cambiando al subjetivo ‘yo‘, por el intersubjetivo ‘nosotros’, como ‘sujeto’ que decide o acuerda qué norma o ley puede aspirar a valer para todos (los afectados)y, en ese sentido, ser generalizable o universalizable. Es el límite ideal de una sociedad en la que las leyes surgieran democráticamente.
Pero, volviendo al tema inicial, creo que se trata de resolver los complejos nexos entre lo que consideramos justo o injusto y los criterios con los que clasificamos a los otros como semejantes o diferentes. ¿Cuánta diferencia es tolerable sin ofender a la justicia? ¿Cuánta justicia es tolerable sin maltratar la diferencia?

Como decía, me falta revisar un poco de bibliografía sobre el asunto (Facticidad y validez, de Habermas; La idea de la justicia, de Amartya Sen; lo de Rawls, y lo de Ch. Taylor, etc., etc.)

* “Indígenas y teocracia” y “Sobre la igualdad”, resapectivamente, en la edición impresa del domingo 7 de agosto.  Y antes Mauricio García Villegas: “La igualdad de los iguales” (Julio 29)