Escritura y Estilo (I)

CASA
DE CITAS SOBRE ESCRITURA Y ESTILO (I)

 

“Se es artista a condición
de que se sienta como un contenido, como
la “cosa misma”, lo que los artistas llaman la forma. Por eso se pertenece a un mundo invertido;  pues ahora todo contenido nos resulta como
puramente formal,  comprendida nuestra
propia vida” (Nietzsche, 1887-1888)[1]

 

Después de
reconocer, y hasta lamentar, que nuestro ancestro cultural hunda sus raíces en
la oralidad, los promotores culturales han realizado ingentes esfuerzos por
reforzar el arte de la lectura. Sin embargo, me parece que la contraparte de la
escritura no ha sido objeto de similar promoción. Más allá de los conocimientos
gramaticales, la escritura aparece como asunto de pura inspiración. En lo que
sigue expondré y comentaré (parasitaré), algunas ideas relativas a la escritura,
escritas por verdaderos maestros (y abnegados aprendices) en el arte de la
escritura. En un primer momento se hablará del estilo, la técnica de la
escritura en general, resaltando la idea oriental del sabor de la escritura y la palabra poética. En segundo lugar,
trataré de enfocar una asunto más específico: la oposición entre el erudito y
el creador, y la concreción más específica de esta oposición en aquella del
filósofo y el profesor (por ejemplo, entre quienes hablan y escriben para
mantener viva una antigua tradición académica, y aquellos que lo hacen para
expresar una visión íntima personal de lo que (les) acontece). Terminaré con
algunas observaciones de autores colombianos sobre estos temas.

 

1.
 
Técnica y Estilo.

1.1. 
Partos de palabras y preñez
artificial
.

Supongamos que uno tiene el
atrevimiento o la necesidad de decir algo, que se atreve a profanar el templo
del silencio, que considera que no todo está dicho, y que no le basta la
expresión oral ¿cuánta vanidad se esconde en el acto de escribir, para ser
leído, amado, admirado, recordado o temido? Sinembargo, “Saber que no se
escribe para el otro, saber que esas cosas que voy a escribir no me harán jamás
amar por quien amo, saber que la escritura no compensa nada, no sublima nada,
que es precisamente ahí donde no estás:
tal es el comienzo de la escritura”[2].

Karl Kraus anotaba que se
escribe porque no se tiene suficiente carácter como para abstenerse de hacerlo
y Rilke aconsejaba al joven poeta: “Entre en usted. Examine ese fundamento que
usted llama escribir; ponga a prueba si extiende sus raíces hasta el lugar más
profundo de su corazón; reconozca si se moriría usted si se le privara de
escribir. Esto, sobre todo: pregúntese en la hora más silenciosa de la noche: ¿debo escribir? (…) si hubiera usted de
enfrentarse a esta grave pregunta con un enérgico y sencillo debo, entonces construya su vida según
esa necesidad…”

La idea de la necesidad de escribir aparece comúnmente
asociada metafóricamente a la preñez y el parto, y ha sido propuesta como
criterio para evaluar la calidad de la escritura: “Hay un período de gestación
de las ideas antes de escribir (…) Cuando nuestro autor favorito ha encendido
la chispa en nuestra alma, e iniciado la corriente de ideas vivas, es como la
‘fecundación’. Cuando un hombre corre a la imprenta antes de que sus ideas
pasen ese período de gestación, se trata de diarrea, confundida con los dolores
del parto. Cuando un escritor vende su conciencia y escribe cosas contrarias a
sus convicciones, comete aborto artificial, y el embrión nace muerto. Cuando un
escritor siente violentas convulsiones, como una tormenta eléctrica en la
cabeza, y no conoce la felicidad hasta que expulsa las ideas de su sistema y
las fija en el papel y siente un inmenso alivio, eso es el parto literario”
(Lin Yutang). Y Rilke: “También en el hombre hay maternidad, me parece,
corporal y espiritual; su engendrar es también una suerte de parir, y es parir
el crear desde la íntima plenitud” (Las feministas han querido ver en esta
actitud masculina ante la creación, no el intento de emular a los dioses, sino
la inconfesada envidia ante la función progenitora de la hembra).

Veamos una última
ilustración del uso de la metáfora de la preñez espiritual, tan antigua, al
menos, como el hijo de la partera que ‘parió’ a Platón. Fernando González
(partero también, pero más de libros que de auténticos discípulos, excepto el
malogrado Gonzalo Arango) le escribe a Carlos E. Restrepo sobre los “mellizos”
que está pariendo – se refiere a El Hermafrodita
Dormido
y Mi Compadre -: “El que
me está saliendo es MI COMPADRE. Lo malo es que el amor que le tengo no me deja
parir a gusto. Pero nunca pecaré contra el Espíritu Santo, o sea contra la
sinceridad.” Fernando revisa los periódicos y revistas de ese momento (“20 o 21
de agosto de 1934”) y dice “he metido los dedos, y todas son gravideces
tubulares, gravideces simuladas”[3]
.

 

1.2. De varios estilos y sabores.

 

Supongamos pues que se tiene
la necesidad de escribir. Surge inmediatamente el problema del cómo, de la
forma, del estilo. La separación entre forma y contenido de la escritura parece
obedecer a la misma regla que separó en la antigüedad a los filósofos de los
sofistas, y en la modernidad clásica a los filósofos que opusieron el modelo de
la racionalidad geométrica al modelo del lenguaje cotidiano. Decir la verdad
apareció ajeno a la preocupación por la forma (debido a la degeneración de la
retórica antigua en la retórica clásica de las figuras que ornan el discurso,
como lo ha señalado Perelman). Desde esa perspectiva, parece evidente que
escribir ciencia o filosofía es algo intrínsecamente distinto a escribir poesía
o literatura.

 

Pero lo que
era aún evidente para Kraus (““Escribir bien”, sin un tono propio, es más que
suficiente para el periodismo; en todo caso para la ciencia, nunca para la
literatura”), parece ya no serlo para las tendencias relativistas y
posmodernas. Si la ciencia es sólo un ‘relato’ y los grandes sistemas
filosóficos son ‘metarrelatos’, comparables a mitos y novelas, ¿estaremos ante
la realización del deseo nietzscheano de reunificar filosofía, ciencia y
poesía, separadas por el pensamiento categorial desde Sócrates? Me inclino por
una respuesta negativa. El discurso que busca decir la verdad, o al menos lo
verdadero, se sitúa en un nivel metaliguístico sobre aquel que muestra
lo real acudiendo a las imágenes y la presentación de situaciones. No están en
el mismo rango las implicaciones filosóficas de una obra literaria, que las
metáforas en un discurso filosófico o científico; aunque la preocupación por el
estilo no sea ajena a estos últimos campos. Pero esto no justifica saltar, como
parece hacerlo Paul Feyerabend, del señalamiento de la ‘deshumanización’ del
lenguaje científico (Masters y Johnson describiendo la sexualidad humana como
el acoplamiento de dispositivos físico-químicos, frente a un Galileo que relata
con emoción el descubrimiento de las manchas solares) a la negación de
fronteras claras entre un relato mítico y una explicación científica.

Pero dejemos
de lado estas disquisiciones metateóricas y abordemos el asunto del estilo
desde otras perspectivas. Para Karl Kraus hay dos clases de escritores:
aquellos en los que el contenido y la forma son como el cuerpo y el alma, y
aquellos otros en los que son como el cuerpo y la ropa. Misticismos aparte, la
‘ropa’ aquí señala el acomodo en la convención social, y el ‘alma’, al
pensamiento propio: “Que la palabra escrita sea la encarnación natural y
necesaria de una idea, y no la cáscara social y prescindible de cualquier opinión”

Para el
filósofo y literato chino antes citado, Lin Yutang, las cosas están bastante
claras: “El arte de escribir es mucho más amplio que la técnica de escribir”.
Para Yutang, en su esfuerzo por restaurar en China la Escuela de la Autoexpresión, “el estilo es un compuesto de
lenguaje, pensamiento y personalidad”, aunque, agrega, “algunos estilos están
hechos exclusivamente de lenguaje”. De allí que el aprendiz de esta noble
escuela deba olvidarse de una excesiva preocupación por “cosas tan superficiales”
como la técnica de escribir, y deba, más bien, ocuparse a fondo en “desarrollar
una auténtica personalidad literaria,
como cimiento de su personalidad de autor”;
si así lo hace, el estilo y la técnica se darán como consecuencia natural.
Yutang amplía a Buffon (“El estilo es el hombre”): el estilo no es un método,
un sistema o un adorno. Mirado desde sus efectos “ es la impresión total que
obtiene el lector de la calidad de la mente del escritor, su profundidad o
superficialidad, su visión o falta de ella, y otras cualidades como ingenio,
humor, mordacidad, comprensión, ternura, delicadeza, bondadoso cinismo o cínica
bondad, empecinamiento, sentido común y actitud general hacia las cosas. Es
evidente que no puede haber un manual para mejorar la ‘técnica humorística’, o
‘un curso de tres horas sobre la bondad cínica’, o ‘quince reglas para llegar
al sentido común’ o ‘doce reglas para la delicadeza de sentimientos’”. La
‘personalidad literaria’ se forma aprendiendo a degustar la buena literatura;
una amplia experiencia en esta lectura da la base “para saber qué es la
suavidad, la fuerza, el poder, la brillantez, la mordacidad, la delicadeza y el
encanto. Cuando (el aprendiz) ha paladeado todos estos sabores, sabe qué es la buena literatura, sin leer un solo manual”.[4]

Pero la personalidad literaria es solo un
soporte de la personalidad de autor;
la personalidad se expresa en pensamientos y palabras: “Muy rara vez se
encuentran pensamientos claros vestidos con lenguaje oscuro. Más a menudo se
encuentran pensamientos oscuros expuestos claramente; este estilo es claramente
oscuro. Los pensamientos claros expresados en lenguaje oscuro son el estilo de
un soltero empedernido. Nunca ha tenido que explicar nada a su esposa. Ejemplo:
Manuel Kant” (L. Yutang).[5]

La Escuela de la Autoexpresión considera,
con Mencio, que “la única meta del escritor es la expresividad” y “en su amor
por los sentimientos genuinos, tiene un desprecio natural por los adornos del
estilo”, “…exige que expresemos por escrito solamente nuestros pensamientos y
sentimientos, nuestros amores genuinos, odios genuinos, temores genuinos y
caprichos genuinos. Hay que expresar todo esto sin intentar ocultar lo malo y
presentar lo bueno, sin temores de despertar la burla del mundo, y sin miedo de
contradecir a los sabios antiguos o a las autoridades contemporáneas” [6]

El escritor
de la Escuela de la Autoexpresión “al
describir o narrar una escena, un sentimiento o un hecho, aborda la escena que
él mismo ve, el sentimiento que él siente y el hecho tal como él lo comprende”.
Este es su parámetro para distinguir la auténtica literatura. Lo cual no está
alejado de la idea de Nietzsche sobre su estilo: “… algunas palabras generales
sobre mi arte del estilo. Comunicar
un estado, una tensión interna de pathos,
por medio de signos, incluido el tempo
de esos signos – tal es el sentido de todo estilo; y teniendo en cuenta que la
multiplicidad de los estados interiores es en mí extraordinaria, hay en mí
muchas posibilidades del estilo -, el más diverso arte del estilo de que un
hombre haya dispuesto nunca…”

Barthes
señala que desde fines del s. XVIII “… la forma literaria puede provocar
sentimientos existenciales que están unidos al hueco de todo objeto: sentido de
lo insólito, familiaridad, asco, complacencia, uso, destrucción.” Para Barthes
la escritura se ubica entre la lengua y el estilo. La lengua, que es “un corpus
de prescripciones y hábitos comunes a todos los escritores de una época”, es
para el escritor “… como una línea cuya transgresión quizá designe una sobrenaturaleza
del lenguaje: es el área de una acción, la definición y la espera de un
posible.” Mientras que “bajo el nombre de estilo, se forma un lenguaje
autárquico que se hunde en la mitología personal y secreta del autor, en esa
hipofísica de la palabra donde se forma la primera pareja de las palabras y las
cosas, donde se instalan de una vez por todas, los grandes temas verbales de su
existencia. Sea cual fuere su refinamiento, el estilo siempre tiene algo en
bruto: es una forma sin objetivo, es producto de un empuje, no de una
intención, es como la dimensión vertical y solitaria del pensamiento (…) el
estilo no es sino metáfora, es decir
ecuación entre la intención literaria y
la estructura carnal del autor
(…) Por su origen biológico el estilo se
sitúa fuera del arte, es decir, fuera
del pacto que liga al escritor con la sociedad. Podemos imaginar por tanto a
autores que prefieran la seguridad del arte a la soledad del estilo”. Situada
entre la lengua y el estilo, que son “fuerzas ciegas”, la escritura “es un acto
de solidaridad histórica” y es una función: “es la relación entre la creación y
la sociedad”; de allí que la escritura sea esencialmente, “la moral de la
forma”[7].


[1] Citado en J.M. Mejía: Nietzsche y Dostoievski (Véase la lista de
invitados a la casa de citas al fondo, a la derecha).

[2] R. Barthes (3), 1977/1985

[3] En sus Cartas a Estanislao– (Dirigidas E.
Zuleta Ferrer. Y agrega más adelante: “Sí, Estanislao, reconozco que todos esos
gacetilleros de “El Tiempo” y todos esos gobernadores de “El Tiempo” están
grávidos, pero como la mujer de Sabaneta, que la abrieron y era un quiste”.

[4] Se encuentra una
concepción semejante del “sabor” de las palabras en un ensayo de René Daumal
sobre el arte poético hindú. En la teoría védica la palabra tiene tres clases
de sentidos (o “poderes”): el sentido literal, el sentido derivado (o
metafórico), y el sentido sugerido (que opera a través de la “sugestión”, el
“gusto” o el “sabor” poéticos). Mientras que los dos primeros sentidos bastan
para las necesidades del lenguaje ordinario y de la literatura didáctica, en el
poema se da un excedente de sentido, que no se infiere de los sentidos literal
y derivado. Así para Vishvanatha: “la poesía es un discurso cuya esencia es el
sabor”. Y ¿qué es el
‘sabor’ (rasa)? “una emoción
fundamental, como el amor, manifestada por la representación de sus causas
ocasionales, de sus acompañamientos sensibles y de sus efectos, adviene sabor
para quienes tiene conciencia”. El sabor “es hermano gemelo de la gustación de
lo sagrado” y no puede ser asido más que por aquellos que son “capaces de
juzgar”, por aquellos que “tienen corazón” y pueden “degustar” ese “acto de comunión”.
El poder de sugestión del lenguaje tiene por función manifestar el sabor.

[5] En este mismo sentido se
quejaba Alberti: “… ahora abundan demasiados fabricadores de misterios, como
también los de fáciles claridades. (Si malos aquellos, éstos mucho peores)…Lo
peor, en poesía, es que se note la fábrica.”

[6] Por
hacer algo semejante Fernando González ha sido calificado de místico
confesional (y Henry Miller de pornográfico). ¿No hay en la obra de F. González
una escuela de la autoexpresión? En carta a su hermano Alfonso, dice: “(mis libros) los escribo
para confesarme y si tienen expresiones crudas, es porque así soy yo, así
éramos en Envigado, en donde crecí; así pienso y siento”. Y en el “Prólogo para
el libro de un joven”: “Entiendo por filósofo el que rebuja en las cosas de la
vida, las revuelve, parece que va a tumbar el edificio del universo, y luego se
para al pie de los árboles o en los rincones de la casa, como a escuchar,
bregando por encontrar una sinergia entre él, el universo mundo y lo
desconocido que está por detrás o por dentro”.

[7] Para Kafka “Pecado es
retroceder ante el mensaje de uno mismo…”, El escritor “tiene una misión
profética” y “la palabra correcta, dirige; la falsa, seduce” (Conversación con
G. Januoch). Y en otro lugar nos permite palpar ese compromiso moral con la
escritura, consigo mismo: “Mis fuerzas ya no bastan para ninguna frase más. Sí,
si se tratara de palabras, si fuera suficiente colocar una sola palabra para
apartarse luego con la conciencia tranquila de haber colmado esta palabra con
todo nuestro ser” ¿Y de qué moral habla esta queja de Flaubert?: “Amo mi
trabajo con amor frenético y pervertido, como un asceta el silicio que la raspa
el vientre: A veces, cuando me encuentro hueco, cuando la expresión se niega,
cuando, después de garabatear largas páginas, descubro no haber escrito una
frase, caigo en el diván y me quedo atontado en un pantano interior de
tedio…”

Anuncios


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s