Fernando González Ochoa (I)

APROXIMACION
AL PENSAMIENTO POLITICO DE

FERNANDO
GONZÁLEZ

 

 “Pueblos en que la juventud no piensa,

por miedo al error y a la duda,

 están destinados a ser colonias” F. G.

 

I.

Antes de abordar el tema central de esta charla, algunas
ideas políticas de Fernando González, voy a presentarles una semblanza del
personaje. En la breve posdata de la respuesta a una encuesta de la Revista de
la Universidad de Antioquia sobre el “pensamiento latinoamericano”, se presenta
a sí mismo:

“P.S. respecto a mi
persona, le diré que nací en Envigado el 24 de abril de 1895, en una calle con
caño; que no soy de ninguna academia, que no tengo títulos, pues los de
bachiller y abogado los perdí, y que me alegra mucho eso, pues el que no
pierde todo, muere todo
. FG.”
(Esto último está
asociado con la idea de despojarse, de desnudar el alma y el cuerpo, como ritos
de mutación y renacimiento, que Fernando aprendió de los místicos cristianos y
de los “gimno-sofistas” o “filósofos desnudos de la india”). En otro lugar se
describe de niño: “Mi madre me parió
cabezón, pero infiel”,
 “Yo era blanco, paliducho, lombriciento,
silencioso y solitario. Con frecuencia me quedaba por ahí parado en los
rincones, suspenso, quieto. Fácilmente me airaba y me revolcaba en el caño cada
vez que peleaba con los de la casa”
. Fue expulsado del colegio de los
jesuitas, en quinto bachillerato, porque leía obras de Voltaire y Nietzsche y
porque negó, al profesor de filosofía, el primer principio de la lógica
aristotélica (una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo). En sus palabras:
“Dios me salvó, pues lo primero que hice
fue negarlo, donde los Reverendo Padres (…) Luego le negué todo al Padre
Quirós. ¡El primer principio! Negué el primer principio filosófico, y el Padre
me dijo: ‘Niegue a Dios; pero el primer principio tiene que aceptarlo, o lo
echamos del Colegio…” Yo negué a Dios y el primer principio, y desde ese día
siento a Dios y me estoy librando de lo que han vivido los hombres.”
(N.
p.18.). A los 16 años ingresa al grupo de Los
Panidas
, del que hacían parte Ricardo Rendón y  León de Greiff, entre otros:

“Melenudos de líneas netas,

Líricos
de aires anarquistas,

hieráticos
anacoretas,

dandys,
troveros, ensayistas,

en
fin, sabios o analfabetas,

y
muy pedantes – si os parece -,

explotadores
de agrias vetas

los
Panidas éramos trece!”[1]

 

El mismo De Greiff describía así el ambiente de la ciudad
de Medellín por aquellos años: “(…) Sucesos
banales/Gente necia,/local, y chata y roma./Chismes,/Catolicismo,/Y una total
inopia en los cerebros…/Cual si todo se fincara en la riqueza,/en menjurjes
bursátiles/ y en un mayor volumen de la panza.” [2]

Cuando cumple la “mayoría de edad”, 21 años, publica su primer libro: Pensamientos de un viejo (1916);
al año siguiente obtiene el título de “bachiller en Filosofía y Letras” en el
Liceo de la Universidad de Antioquia. En 1919 recibe el título de abogado en la
misma Universidad, con la tesis: El
derecho a no obedecer
(1919) (cuyo título se vio obligado a cambiar por
“Una tesis”). Entre 1921 y 1931 se desempaña como magistrado en Manizalez y
como Juez civil en Medellín.

 En estos años
escribe y publica su famoso Viaje a pie (1929, editado primero en París)
y Mi Simón Bolívar (1930). En 1931 es nombrado Cónsul General de
Colombia en Génova (Italia), de donde es retirado por solicitud del gobierno de
Mussolini, cuya policía secreta ha encontrado entre sus papeles los manuscritos
de su obra El hermafrodita dormido (publicada en 1933). Ya veremos algo
de los petardos y luces de bengala que F. G. escondía en sus apuntes. En 1932
vive en Marsella y publica (en París) el libro Don Mirócletes. En 1934
es retirado definitivamente del consulado, regresa a Colombia y se establece en
la Villa Bucarest, una finca en Envigado, donde permanecerá hasta 1940. En
estos años publica Mi compadre (1934), El Remordimiento (1935), Cartas
a Estanislao
(1935) Los Negroides (1936) Nociones de izquierdismo
(1937) Santander (1940), e inicia la publicación de la revista Antioquia
(1936-1945).

Entre 1935 y 1945, participa activamente en política, pero obtiene
un rotundo fracaso en su primera incursión para las elecciones de la Asamblea
departamental de Antioquia en 1935 (su lista obtiene 19 votos). En 1940 funda,
con el escultor Pedro Nel Gómez, y otros amigos, el movimiento LAIN (La
Izquierda Nacional), en 1941 LAIN logra dos escaños para la Asamblea
departamental. En este mismo año González publica El maestro de escuela,
obra que abre un largo paréntesis en sus publicaciones, que irá hasta 1959, y
que solo es interrumpido por la redacción del Estatuto de Valorización
de Medellín (1942) y por las Arengas políticas que publicará en 1945. En
1953 viaja de nuevo Europa, nombrado como vicecónsul honorario de Colombia en
Bilbao (País vasco, España), por el gobierno de Rojas Pinilla. Regresa a
Colombia en 1957. Sus últimas obras serán El libro de los viajes o de las
presencias
(1959) y La tragicomedia del padre Elías y Martina la velera
(1962). Fernando González muere el 16 de febrero de 1964, a causa de un infarto
cardiaco, en su casa-finca de Otraparte. Lugar que en sus últimos años fue
sitio de peregrinación de la juventud intelectual antioqueña: Felix Angel
Vallejo, Manuel Mejía Vallejo, Alberto Aguirre, Darío Ruiz Gómez, Carlos Castro
Saavedra, María Helena Uribe, Olga Helena Mattei, Gonzalo Arango y otros nadaistas,
Marta Traba y el sacerdote catalán Andrés Ripol.

Puede decirse que por mucho tiempo la obra de Fernando
González fue mejor recibida en el extranjero que en su propio país (Pronto fue
traducido al francés). Mientras que la Iglesia colombiana prohibió “bajo pecado
mortal” la lectura de sus libros (así sucedió con Viaje a pie y con Don
Mirocletes
, cuya prohibición por el Arzobispo de Medellín dice que “está
prohibido y es pecado mortal reimprimirlo, leerlo, retenerlo, venderlo,
traducirlo a otra lengua o prestarlo a los demás”), gozó de la admiración de
escritores como Gabriela Mistral, José Coronel Urtecho, Velasco Ibarra, Valery
Larbaud, Thornton Wilder y Jean Paul Sartre. Fue nominado dos veces al premio
Nobel de literatura (siempre por escritores extranjeros, pues cuando una vez se
consultó a la Academia Colombiana de la Lengua, está conceptuó que González no
tenia los méritos para esa distinción y sugirió en cambio el nombre del
filólogo español Ramón Menéndez Pidal).

II.

El pensamiento político de Fernando González es inseparable
de su concepción del quehacer filosófico. Por esto en las notas que siguen
trataré de presentar un recuento cronológico de sus opiniones sociales y
políticas al lado de algunas reflexiones sobre la tarea que asumió como filósofo
(¿y que terminó como místico?).

 Bajo la influencia
de Schopenhauer, Nietzsche y Spinoza, el pensamiento juvenil de F. G. Tiende al
vitalismo, con su esperable carga de irracionalismo:

“Filosofar es buscar razones para
nuestros modos de ser.

El que se entrega a la razón acabará por
no poder amar, por no poder creer, por no poder hablar. La razón no da
autorización para nada. Y la vida es afirmativa. La razón es enemiga de la
vida.

Cada hombre es distinto a los demás. Y
sin embargo, para darse cuenta de qué tan poderoso es en los hombres el
instinto de rebaño, y qué tan escaso es el conocerse a sí mismo, basta
considerar que se pueden contar con los dedos de las manos los guías de la
humanidad.

Mi abuelo don Benicio decía: “Aquel que
se perfuma es porque huele mal”. ¡Hay también escritores perfumados, abuelo!

Filosofar es oficio de viejos. ¡Comienza
el crepúsculo! Vamos, siéntate a meditar en las aventuras del día.

No se comprenden las verdades sin
haberlas vivido antes. Entonces se aman como si fueran parte de nuestro ser”
(1914)

Esta preeminencia de la ‘vida’ sobre la ‘razón’ será una
constante en la obra de F. G., y le conduce a preferir siempre la vivencia a la
cultura libresca: “La mayor parte de los hombres están atareados en la lectura
de libros, sin preocuparse de leer su propia alma. La novia del solitario es su
propia alma” dice ya en Pensamientos de un viejo, donde también
previene: “No doy derecho para juzgarme sino al que haya vivido la vida
saboreándola con recogimiento. A ningún sabio de biblioteca doy derecho para
juzgarme. Estas cosas no se aprenden, es preciso vivirlas.”

En su tesis de grado, El derecho a no obedecer,
aboga por la que el llama “la escuela liberal” en economía política. En esta se
recoge la idea de un liberalismo de corte radical y anarquista, que propende
por la defensa del individuo contra el Estado. El individuo contra el Estado,
obra publicada por Herbert Spencer en 1884, está en el trasfondo de esta tesis
de grado. F. G., quien cita a Spencer llamándolo “una de las mentalidades más
altas de los tiempos modernos” (la práctica de citar desaparecerá muy pronto en
los escritos del filósofo). En contra de las doctrinas colectivistas,
cristianas y marxistas, González defenderá que la sociedad es sólo un medio
para que el individuo satisfaga sus necesidades: “En ningún caso se puede
sacrificar al individuo en bien de la comunidad” (aún el servicio militar
obligatorio es injusto). Llama estatolatria
al colectivismo o socialismo de Estado que considera justo el sacrificio del individuo
en pro de la sociedad. La predica gregarista de la religión cae en esta
estatolatria que “quiere anular al individuo, QUE ES UNA BESTIA INDÓMITA”
(mayúsculas de F. G.). No pretende rechazar absolutamente el espíritu gregario,
pues considera que “el hombre tiene necesidades que se convierten en pro de sus
semejantes”; pero considera que “el amor al prójimo, la compasión, etc., (…)
son necesidades que radican en el yo, son egoístas: El egoísmo lleva al
altruismo, que no es sino una modificación de aquel…” La justificación que da
de su toma de partido por la “escuela liberal”, constituye una defensa de la
posición anarquista individualista: “La necesidad de gobierno es proporcional
al grado de civilización. El pueblo en donde menos necesidad haya de gobernar
será el más civilizado (…) El anarquismo, que es la supresión de todo
gobierno, es un ideal hermoso, pero muy lejano aún de nuestra época. El
anarquismo… no es otra cosa que los principios de la escuela liberal llevados
a la exageración”. La intervención del gobierno en al vida social debe ser lo
más débil posible. “El papel del Estado debe reducirse a la administración de
justicia y a la conservación del orden interior y exterior; y puede afirmarse
que vendrá un tiempo en que esto no sea necesario, en que sea una realidad la
anarquía” El Socialismo de Estado, dirá al final de su tesis, es una
“mistificación alemana, una forma de militarismo”. Sin embargo, el tono general
de la tesis no escapa al apogeo del positivismo que caracterizó a la época del
cambio de siglo (del XIX al XX). Esto se nota en el título de su primer
capítulo: “De cómo en Colombia hay muchos doctores, muchos poetas, muchas
escuelas y poca agricultura y pocos caminos”, es la crítica de la cultura
libresca, de lo que el llamó “el vicio solitario” de leer mucho y no hacer
nada, pero también es la exaltación de lo que alguien llamó “el ideal de lo
práctico” (F. Safford).

Es común que en esta época F. G. se refiera con entusiasmo
a las virtudes de una hipotética juventud pragmatista: “El joven pragmatista
admira lo único que hay admirable en este esferoide: EL METODO; la capacidad de
perfeccionarse que tiene el hombre”, “El método y la contención son los que
pueden hacer del hombre un bípedo interesante”, dice en Viaje a pie (1929).

El Método que busca y propone F. G. es aquel que realice el
ideal socrático de la filosofía: conocimiento de sí mismo, entendido como
desarrollo de la propia personalidad, de las potencialidades expresivas de la
subjetividad, de la energía interior producida en la contención metódica:
“Cuando un joven comprende que el secreto no está en lo que haga, en lo que
diga, en el vestido, etc., sino en la propia energía interior, está maduro para
la filosofía”, dice en Don Mirócletes.

Esta búsqueda el método para la autoexpresión lo lleva al
estudio de las grandes personalidades, de los grandes hombres: “Las verdaderas
universidades son los grandes hombres”, dice. Así el libro Mi Simón Bolívar
es a la vez el estudio del gran hombre y la reflexión sobre el método. La
síntesis del método que encuentra personificado en Bolívar son los tres
principios de lo que llama la “ley de la energía humana”: “1. Saber
exactamente lo que se desea; 2. Desearlo como el que se ahoga desea el aire; y
3. Sacrificarse a la realización del deseo, o sea pagar el precio”. Pero en Mi
Simón Bolívar
(libro escrito para conmemorar los 100 años de muerte de
Libertador en 1930), sobresalen otros dos hallazgos, el concepto del Gran
Mulato americano y la curiosa postulación de un “metro psíquico” para medir el
grado de conciencia alcanzado por los hombres. El metro psíquico o “concienciámetro” postula siete niveles o grados
de conciencia: orgánica, familiar, cívica, patriótica, continental, terrena y
cósmica. En el primer nivel, están los hombres de “conciencia fisiológica:
mínimum de yo y máximum de cosas extrañas” (Santander y Páez); en el tercer
nivel, la conciencia cívica, ubicará a los griegos y romanos; en el sexto, la
conciencia terrena, ubica a su admirado Mahatma Gandhi (“¡Oh Mahatma Gandhi,
que iluminas el mundo desde hace 40 años! Por ti se cree en el hombre!
¡Mahatma! Desde aquí, desde mi remoto pueblo, invoco para tus luchas la energía
innominada
…”). En el séptimo y último nivel está el hombre de conciencia
cósmica. En él “desaparece el yo, o mejor, se infunde en él todo lo
manifestado”.

La teoría del Gran Mulato[3] es el centro de la sociología de Fernando González, la
enuncia en Mi Simón Bolívar y la desarrolla luego en Don Mirócletes,
Mi

Compadre y en Los
Negroides
. En Mi Simón Bolívar, presenta de este modo la idea del
Gran
Mulato
: “Indudablemente Suramérica, por su
extensión territorial, por su hibridación étnica, por la riqueza y variedad de
sus tierras y sus climas, está destinada a ser la cuna del hombre tipo y
unificado, la gran democracia (…) Se fundirán todos los organismos y
aparecerá el verdadero hombre, EL GRAN MULATO ADAPTADO. Se fundirán todas las
religiones y aparecerá una gran unidad ideológica, unidad de amor y de
conciencia” (p. 57). El excéntrico personaje que protagoniza esta obra, Lucas
Ochoa, uno de los desdoblamientos de F. G., llega a soñar con un proceso de
“mezcla científica de las razas hasta unificar el tipo de hombre” y, aún más,
en Mi compadre, propone unas proporciones ideales para tal mezcla: 45%
de indio, 45% de blanco y 10% de negro (Por la mesura y la astucia del indio,
la imaginación creadora del blanco y la capacidad de impertinencia del negro).

Respecto de la figura de Bolívar presentada por F. G. me
parece importante llamar la atención sobre un aspecto: la tesis de que los
pueblos latinoamericanos de la época requerían un gobierno fuerte y
centralizado, una especie de dictadura paternalista. F. G. rastrea esta idea en
los escritos de Bolívar y en el Príncipe de Maquiavelo. Así, por ejemplo,
cuando Bolívar en la Carta de Jamaica afirma que: “Los acontecimientos (…)
nos han probado que las instituciones perfectamente representativas no son
adecuadas a nuestro carácter, costumbres y luces actuales”. Para González,
Bolívar “examina las varias formas de gobierno y termina con su idea genial y
perenne de los gobiernos paternales, que en verdad son los únicos propios para
Suramérica, la cual no ha querido aceptarlos abiertamente, y por eso dominan en
ella las tiranías y las anarquías”. Era su modo de concebir la idea de Bolívar
de la tiranía activa: “Libertar al
hombre es abrirle el camino de la propia expresión, de la futura expresión
humana; que no sea explotado y rebajado, que sea ascendido, aun por la
fuerza
. El gobierno de la nobleza y de la dignidad en cada pueblo, con el
fin de crear hombres; eso es lo que llamaba Bolívar la tiranía activa. España trataba a América como un campo de
producción, como un potrero, y Bolívar deseaba que fuese el mejor teatro de la
expresión humana.”

Para F. G., en tono superlativo, Bolívar anticipó el
superhombre de Nietzsche, “unos treinta años antes que aquel – nos dice-
(Bolívar) predicó y actúo y luchó como superhombre”. Y así como Bolívar es el
modelo del Gran mulato, el ideal de la expresión de la conciencia
latinoamericana en el concierto universal, Santander representa el antimodelo,
el falso héroe del espíritu nacionalista. En el libro dedicado al llamado
“hombre de las leyes” (Santander, escrito en el centenario de la muerte
del general, en 1940), F. G., lo presenta entre el grupo de los “héroes
nacionales” (Washington, San Martín, O’Higgins), quienes representan la actitud
conservadora de los creadores de fronteras; opuestos a Bolívar que es quebrador
de fronteras. Bolívar personaliza el impulso latente que tiende a unificar al
género humano. De Santander dirá González que es “la envidia hecha método,
tenía conciencia orgánica del dinero. ¡Cuán parecido a todos los abogados de la
Nueva Granada!” (agregaba). Santander quería prestigio, poder, tranquilidad, y
una hacienda propia. Tenía la habilidad jurídica para esconder sus fechorías y
no dejar huella, “se interesaba por aparentar pureza ante sí mismo y ante la
posteridad”, era un producto típico de un país seminarista y andino.


[1] Balada trivial de los trece panidas, 1916

[2] Villa de la Candelaria, 1914

[3] “Respecto a la expresión
Gran Mulato, Jorge Ordenes [“El ser moral en las obras de Fernando González”]
considera que sería más preciso decir Gran Mestizo Americano, por cuanto el
término mulato, estrictamente hablando, viene a significar la mezcla de razas
blanca y negra” Javier Henao Hidrón: Fernando González: Filósofo de la
autenticidad
, p. 167 Allí mismo Henao Hidrón agrega esta aclaración de F. G.
en Mi Compadre: “Entiendo por mulato todo individuo de sangre mezclada”.

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