Coro de los “héroes”

CORO DE LOS SEÑORES DE LA GUERRA

(En El Juicio Universal, de Giovanni Papini)

“Nuestro corazón no tembló, ¡oh Señor!, cuando te invocamos en la vigilia y al término de nuestra empresa de estrago.

No tembló nuestra voz para pedir el apoyo de tu fuerza para debilitar la fuerza de los enemigos.

Nuestro orgullo insensato quería que Tú, autor de la vida, te hicieses el cómplice de la destrucción y el favorecedor de las matanzas.

No bastaba a nuestro odio la guerra entre los hombres, sino que se soñaba con que también los Dioses descendieran al campo de los unos contra los otros, para mostrar quién fuera el homicida más poderoso.

Infinitas veces se imploró el socorro del mismo Dios implorado por nuestros adversarios como si el Dios del Amor pudiera desdoblarse para mejor diezmar a sus hijos.

Ahora, por el contrario, nuestro corazón tiembla como jamás tembló en las horas más terribles de nuestra vida.

Tiemblan, al pronunciar Tu nombre, nuestros labios avezados ya al duro placer del mando.

¿Podrías olvidar, Tú, Dios de la paz, cuál fue nuestra obra sobre la tierra?

Tú sabes cuánto dolor costó nuestra grandeza. Tú conoces sobre qué cimientos de carne y de huesos se alzó nuestra gloria.

El rojo del fuego fue nuestro heraldo, el rojo de la sangre señaló las etapas de nuestro camino.

Semejantes a vengadores sin ley y sin piedad nos lanzamos sobre el mundo para degollar a los pueblos.

A nuestro paso se apagaron los hogares, pero se alzaron los incendios; lloraron los padres pero rieron los saqueadores; agonizaron los niños y fueron violadas las hijas.

Donde maduraban a Tu sol las mieses para el hambre de los hambrientos dejamos soledad de raíces ennegrecidas; donde surgían las ciudades dejamos montones de piedras y ruinas humeantes; donde se extendían campos generosos de sombras y de frutos dejamos la desolación del desierto; donde la tierra había acogido la semilla del pan dejamos una horrible sementera de cuerpos sin alma.

Fuimos los más infatigables proveedores de la muerte, los más diligentes abastecedores de hospitales y de cementerios.

Bastantes más cadáveres fueron amontonados por nosotros que por las pestes y por los volcanes; harto más ruinas que por los terremotos y por los torbellinos.

La rapiña fue nuestra compañera, la carestía nuestra retaguardia, el hambre y la desesperación nuestra herencia.

A pesar de todo, a despecho de todo, los hombres seguían, obedecían, admiraban y casi adoraban a los grandes segadores de hombres.

Los soldados, que bajo nuestras banderas arriesgaban cada día la vida y cada día veían aclarados sus rebaños, no se rebelaban, no maldecían, no desertaban.

Había en muchos de ellos las mismas pasiones nuestras y aceptaban serenamente toda miseria y todo peligro, impulsados por los reflejos del botín y de la victoria.

Venían detrás de nosotros cantando, turbas dóciles, y, a menudo, alegres; a través de estepas salvajes, montañas nevadas, regiones desconocidas, hostiles, remotas.

Renunciaban, para ser carne de hierro y de cañón bajo nuestras órdenes, a la dulzura de la casa, de la familia, de la patria, de todo humano afecto.

Nuestro pueblo se embriagaba con aclamaciones a nuestra vuelta; los mismos pueblos vencidos no lograban reprimir, aun en el rencor y en el temor, una mal reprimida admiración hacia aquellos que los habían sometido a la miseria, a la vergüenza y a la esclavitud.

Los sacerdotes suplicaban a Dios por nuestra salvación; los volúmenes de las historias y los muros de las ciudades estaban llenos de nuestros nombres.

Durante siglos y siglos nuestras imágenes de piedra y de metal cabalgaron orgullosamente sobre las plazas iluminadas de las metrópolis y nuestros brazos eternamente inmóviles blandieron las espadas herrumbrosas en el cielo solitario de las noches.

Los hombres se hacían gustosamente esclavos de los grandes matadores de hombres con tal de que esperasen un reverbero de gloria, un jirón de honor, un puñado de botín, el orgasmo de la destrucción y de la revancha.

Pero los más de nosotros conocieron en secreto las melancolías del desengaño, las angustias de la derrota, las tentaciones de lo imposible, las punzadas del remordimiento.

Nuestro arte era un juego, un horrendo juego que tenía por apuesta la vida y la muerte de los pueblos.

No todos, entre nosotros, jugaban bestialmente aquel juego por gusto de matanza y por ansia de latrocinio.

Los menos indignos de nosotros buscaron en la guerra un placer del intelecto profético y un desahogo de más nobles pasiones.

El general era, a sus ojos, un matemático y al mismo tiempo un poeta, una mente que había de resolver problemas, una imaginación que debía mover la fuerza bruta de los hombres, una voluntad que tenía que doblegar las almas y cambiar la suerte de las gentes.

Pero ahora que nuestra nombradía no es más que soplo de viento sobre las sombras de los ocasos, ahora que nuestros monumentos son precipitados desde los pedestales de mármol, en las fauces de la nada; ahora que el serpentear de las fronteras ha desaparecido como surcos de niños en la arena después de la marea, y ha desaparecido el confín mismo de la tierra en el firmamento y todo está consumado en el error del tiempo,

¿qué queda, ¡oh Dios!, de nuestra sangrienta grandeza y de nuestra obra?

Aquellos pedazos breves o grandes de tierra que los padrones y los anales de los hombres llamaban provincias y reinos, imperios y continentes; aquellas prominencias estrechas o ilimitadas de tierra que conquistamos o reconquistamos con tanto dispendio de sangre, de esfuerzo, de aflicción, de ingenio, de llanto y de infamia fueron perdidos y reconquistados, y vueltos a perder y devastados y divididos y recuperados, y arrebatados y rescatados y reunidos y liberados y reincorporados y entregados y reivindicados y abandonados veces y veces en el transcurso de los milenios.

Cada terrón, en el último capítulo de la historia, había sido pagado muchas veces a peso de carne y de lágrimas y no pertenecía a ninguno de aquellos que se lo habían disputado; cada trozo de piedra había sido golpeado por el casco de los caballos de cien conquistadores y ya no era de ninguno.

Todo el ímpetu de los héroes y el genio de los capitanes tienen ya un solo nombre, un doloroso y único nombre: lo inútil.

¿Qué podemos, pues, esperar de Ti, Dios del perdón, de quien aún en nuestras acciones de gracia hemos blasfemado, puesto que te acusamos de haber favorecido y bendecido el fratricidio?

Si hubo en nosotros algún átomo de clemencia, de piedad, de horror, de arrepentimiento, recuerda esto sólo, de modo que todo lo demás, arrastrado por el peso de la infamia, se hunda para siempre en la infinita misericordia de la nada.”

DEDICADO A LOS JEFES,  AL JEFECITO DE LOS JEFES Y AL JEFE DEL JEFECITO (GEORGES DANGEROUS WASTEFUL BUSH)

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