El oscuro objeto del deseo

LA MISERIA SEXUAL DE NUESTROS DÍAS

(A
propósito de la encuesta de Caracol y el Espectador sobre la sexualidad de los
colombianos y del especial de Séptimo Día sobre los celosos homicidas).

La
represión de la sexualidad es tan antigua como la sociedad humana. Los chamanes
y sacerdotes dictan lo permitido y lo que es tabú; los machos intentan
controlar la sexualidad de las hembras; los padres quieren controlar la
sexualidad de los hijos.

Cada época
marca su estilo. El Occidente cristianizado vetó la desnudez y puso taparrabos
a los desnudos de los artistas del Renacimiento. Los espacios de clausura y
celibato forzado (monasterios, cuarteles, seminarios, internados) engendraron
las más raras perversiones. Lo sabía el poeta antes de Freud, “Los deseos
reprimidos engendran peste” (William Blake) y el mismo padre del psicoanálisis
se tranzó con la necesidad de la represión, consideró perversos a los
homosexuales y nunca entendió la sexualidad de las mujeres. La revolución sexual de los jóvenes y la
“orgasmo-terapia” propuestos por Wilhem Reich fueron rechazados por marxistas y
psicoanalistas y tuvieron que esperar hasta mediados del S. XX para ser
recuperados por la contracultura, al lado de las tesis del Marcuse de Eros y Civilización.

En nuestra
época de liberación aparente (“des-sublimación represiva” la llamaba Marcuse)
la obsesión por el sexo reprimido crea mentalidades perversas y el machismo
herido por la liberación femenina se aferra brutalmente a la idea de que la
pareja es una propiedad privada. Florece la pedofilia y la agresión hacia las
mujeres. Como aquello que se oculta y se prohíbe se vuelve más deseable (“La
cosa más vulgar se vuelve deliciosa en cuanto alguien nos la esconde” O. Wilde),
no extraña el caso del sacerdote que fotografiaba las bragas de las niñas para
luego masturbarse.

En la
publicidad y los medios audiovisuales la coquetería se convierte en
exhibicionismo y los hombres y mujeres del común sienten la desgracia de
intentar en  vano alcanzar los modelos
que se les proponen. Tal vez una sexualidad liberada y desmitificada dejaría de
engendrar tanta peste y perversión, y podríamos redescubrir que el sexo también
aburre, que insinuar es más sexi que mostrar y que “hasta la belleza cansa”. “Los
cuerpos son honrados” decía Max Frisch, pero el cuerpo sometido a una represión
miserable sólo puede expresarse mediante una sexualidad miserable.

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