Encantado

SOBRE EL ENCANTO DE
LAS MUJERES

Un viejo proverbio dice que “el
poder de la belleza exótica fascina”. Belleza exótica significa encanto, aunque
ha sido corrientemente mal interpretada como refiriéndose únicamente a la “buena
presencia”. La buena presencia, entiéndase bien, nunca podrá emocionarnos, a
menos que tenga encanto; sólo entonces la belleza se hace fascinante y exótica.
Quienes creen que todas las bellezas pueden fascinar deténganse un momento a
pensar por qué las muñecas de seda y las pinturas de mujeres nunca nos conmueven,
a pesar de que sus rostros serán probablemente diez veces más bellos que los de
las mujeres vivas.

El encanto en una persona es como
la llama en el fuego, la luz en la lámpara y el brillo en las joyas. Es algo
invisible y sin embargo aparentemente palpable, algo que puede ser visto y que
sin embargo no tiene forma o cuerpo definidos. Por eso el encanto es siempre
misterioso; por eso una mujer con encanto es considerada exótica, porque ser
exótica es ser excitante y desconcertante, ser lo que la gente no puede
comprender por completo. Hay mujeres de las que uno se enamora a primera vista,
que una vez vistas ya no pueden ser olvidadas y por las que los hombres, en su
afán de poseerlas, arriesgan la gloria, la riqueza y hasta la vida. Tal es el
extraño poder de la fascinación de las mujeres; es algo evasivo y que desafía
toda explicación.

De todas las cosas por las que
admiro al creador del universo y de todos los misterios que el universo
contiene, el encanto de la personalidad es lo primerísimo. Si yo fuera Dios,
podría dar a mis criaturas forma corporal, cordura y saber, pero no podría
darles este algo que es invisible y sin embargo aparentemente palpable, que
existe y no obstante no tiene forma corporal, que es visto un momento y
enseguida desaparece: es decir, el encanto. Porque el encanto no se limita a
realzar la belleza y el atractivo en las mujeres; es capaz de hacer que la
vieja parezca joven; la fea, bella; y la tonta, interesante. Porque fascina al
hombre silenciosa y secretamente, sin que él lo advierta. Una joven con una
belleza facial de sólo tercera categoría resulta tan fascinadora como otra
mucho más bonita sólo con que tenga encanto.

Tomemos dos muchachas, una con
una presencia de sólo tercer grado, pero con encanto, y la otra privada de
encanto, pero con una presencia mucho mejor. La gente optará por la belleza de
tercer grado, no por la de segundo. O tomemos a una mujer de presencia
moderadamente buena sin encanto y a otra con encanto pero totalmente deficiente
en cuanto a tu a presencia. Dejemos que la gente converse un poco con las dos.
Todos se enamorarán de la que tiene encanto y no de la que posee meramente
buena presencia; esto demuestra que el encanto puede ser un sustitutivo de la buena
presencia. Hay actualmente muchachas que son en lo demás muy vulgares, pero que
tienen el poder de fascinar a los hombres hasta el punto de hacerles jugarse la
vida por ellas. El secreto está exclusivamente en una palabra: “encanto”.

El encanto es algo que viene
naturalmente a una persona, que brota y se desarrolla directamente con su
propia personalidad. No es algo que pueda ser copiado a otros, porque el
encanto imitado es belleza echada a perder. Fruncir el seño era bonito en
Shishih, porque era en ella algo natural, pero sería realmente desagradable que
Tungshih adoptara la misma actitud, porque ha nacido distinta. Cabe establecer
reglas para juzgar el rostro, la piel, las cejas y los ojos de una persona
según ciertos módulos, pero, en lo que se refiere a eso llamado “encanto”, se
trata de algo que se siente inmediatamente, pero que no puede ser analizado o
expresado en palabras; es su carácter evasivo lo que le procura precisamente su
poder de fascinación. (…)

Algunos lectores se preguntarán:
¿es verdad que el encanto no podrá ser enseñado nunca, pues decimos que se
puede aprender hasta a ser un santo? Lo único que puedo decir como respuesta es
que el encanto puede ser aprendido, pero no enseñado. Si se me pregunta ahora: ¿Por
qué no puede ser enseñado, si puede ser aprendido?, contestaré que quienes no
tienen encanto pueden adquirirlo conviviendo con quienes lo tengan. Lo
adquirirán con el ejemplo y el contagio cotidianos, como los tallos aprenden a
mantenerse derechos en un campo de cáñamo. Es algo que se adquiere gradual y
naturalmente por una especie de influencia invisible. Establecer tales o cuales
normas para adquirir encanto sería inútil y en verdad no tendría más resultado
que aumentar la confusión.

[De EL ARTE DE VIVIR de Li Liweng
(1611-1678), en: LA IMPORTANCIA DE COMPRENDER de Lin Yutang, Editorial Sudamericana,
Buenos Aires, 1961-1994]

(Para Rosa María C., que me
recuerda una novia que tuve y perdí por bobo; para Darcy Q., porque me gustaría
contar sus pecas una por una; para Paola B., porque quisiera conocer con
precisión milimétrica el diámetro exacto de sus piernas; para Alexandra M. y
Alexandra…, porque sí)

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