No marcho

NO MARCHARÉ EL 20 DE JULIO

Y de entrada
le pido disculpas a los secuestrados y a los prisioneros de guerra y a todas
las personas que piensan que es un deber moral marchar y que con la marcha se
conseguirá la libertad de los privados de ella. Mis razones:

1. No creo
que ninguna marcha, por multitudinaria que sea, cambie los cálculos
político-militares de las Farc (así como ninguna de las muchas marchas por los
desaparecidos políticos ha hecho que aparezcan, o al menos sus cadáveres).

2. Ya veo a
las huestes furibistas blandiendo sus pancartas y consignas: “Adelante
presidente”, “Así se hace Presidente”, que es como decir: “Siga bombardeando
presidente”, “Siga fumigando presidente”, “Siga mintiendo presidente”. Y los
veo recogiendo firmas para la segunda reelección. Con lo que la marcha se
presentará como un plebiscito implícito de apoyo a este gobierno de rábulas* mafiosos
y políticos narco-para-militares. No haré parte de esa farsa.

3. Porque
prefiero caminar a marchar (desde muy niño entendí el significado de fiesta que
le dan a la guerra las “bandas de guerra”, así toquen en la lira la “Oda a la
alegría” de Schiller-Beethoven). Las marchas casi siempre tienen un sentido militar
o, al menos, militante (y como reza en grafiti en la Universidad: “Yo no nací para-militar”). Me identifico
más con el personaje de “El Imperio de los Sentidos” que camina semidesnudo a
contravía de la marcha militar. O con el que menciona el poema de Manuel García
Verdecia: “… el semejante que pasa
cerca de la orilla del yo sin prisa ni destino/ desconociendo nuestras banderas
de euforia como la sombra que se disipa tras el sol
”.

4. Porque no
me gustan las frases en imperativo: “Libérenlos ya” (o “Llame ya”, “Compre ya”,
“Vote ya”).

 

* La
sicología del rábula ha sido bien estudiada por Fernando González en su
SANTANDER:

“En la Nueva
Granada todos eran hijos de seminario y rábulas. El cura y el rábula son primos
hermanos” (…) “Ambos, el cura y el rábula, distinguen, tapan, y simulan”

“La
confesión, como práctica rutinaria que nos conquista el aprecio social,
convierte al hombre en simulador: aprende a ejecutar y a tapar el acto con la actitud”

Y así mostrará
las diferencias entre Bolívar y el rábula Santander:

“Bolívar,
rico, libérrimo, buscándose a sí mismo en compañía del maestro casi de su misma
edad. Este, sobrino del clérigo, pobre, pedigüeño, monago compungido y
penitente, simulador. Al uno le repiten que todo el mundo lo tiene dentro de
sí, que todo lo puede extraer de sí mismo. Al otro le enseñan la forma de proseguir, definir y terminar
los juicios ejecutivos y ordinarios, tanto civiles como criminales.
Bolívar,
loco de libertad: el sábado se hizo para
el hombre y no el hombre para el sábado
; la libertad es para manifestarse. A
Santander, viejos jurisconsultos, teólogos; el hombre se hizo para la forma. Al uno: loco es el que pretenda estorbar que nazcan las pasiones. Al otro: peca, pero confiésate. A Bolívar: Acepta la muerte porque es necesidad. Al
otro: Dios te juzgará.”




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