Libertad de Palabra

La libertad de palabra

El periodista socialista
Romero* acaba de ser condenado a dos meses y
diez días de prisión por haber emitido en su periódico algunos conceptos que el
juez estimó sediciosos. No sé hasta qué punto serán verdaderamente sediciosos
esos conceptos, pero aun suponiéndolos extraordinariamente sediciosos, esta
condena es un error. Desde el punto de vista de la seguridad del Gobierno, la
represión de la palabra hablada o escrita, constituye una táctica equivocada y
contraproducente; la práctica de esta táctica derribó indudablemente la tiranía
zarista, está disolviendo la monarquía española y socavará también la odiosa
democracia norteamericana.

Y es que el hecho de
prohibir una palabra o una frase, equivale virtualmente a rellenarla de dinamita;
no poder decir, por ejemplo: “el rey debe morir”, o “las guarniciones deben
sublevarse”, es cooperar directamente a que cada una de esas palabras en el
curso de un largo silencio contenido, se preñen de sentido y de emoción, se
llenen de terrible prestigio, se hagan maravillosamente dinámicas; y el día en
que, por cualquier motivo, sean forzosamente pronunciadas, no surgirán de los
labios con la naturalidad indiferente de las palabras usuales: estallarán
literalmente como bombas, derribando lo que haya en derredor, con la sola
energía espiritual acaparada violentamente durante una gestación clandestina.

El único método eficaz de
lucha contra el anarquismo y la sedición debe ser, lógicamente, el dejar
circular libres las palabras anárquicas y sediciosas; el uso constante gasta
las palabras, las horada, las envejece, las inutiliza; las palabras diariamente
gritadas se rompen y se destiñen y habrá que arrojarlas al fin al cajón de la
basura junto con los zapatos viejos. Afortunadamente, los gobiernos nunca lo
han comprendido así: han creído, al contrario, que la palabra se mata
prohibiéndola y han adoptado una ingenua táctica de represión frente al
anarquismo, o mejor, frente a la sedición en todas sus formas; y ya veis cómo
la palabra está transformando la faz del mundo.

Todos creíamos que aquí,
en este país, existía la libertad de palabra; pero apenas alguien quiso hacer
uso de esa famosa libertad, vino a comprobarse que no existía sino hasta cierto
punto; por ejemplo, aquí puede decirse perfectamente al Presidente: “Usted es
un mal Presidente; usted está perdiendo al país; usted está engañando a sus
conciudadanos”, etc., pero no puede decírsele: “Yo deseo que a usted le dé el
tifus”, porque esta última frase sería castigada como sediciosa, cuando, en
realidad, las otras frases son mucho más sediciosas, mucho más perjudiciales y
amenazantes para las instituciones, es decir, para el Gobierno.

Aquí no existía la
libertad de palabra; lo que existía era, en cierto modo, la libertad de callar;
había un silencio permitido, es decir, un silencio que no era impuesto; se
acaba de condenar a un ciudadano porque ha hablado, el silencio empieza a ser
impuesto, y violento. Esperamos tranquilamente las consecuencias.

Luis Tejada Cano, El Espectador, “Cronistas de El Espectador”, Bogotá, 1 de mayo de
1923. En: Nueva Antología de Luis Tejada.
Edición a cargo de Gilberto Loaiza Cano. Editorial Universidad de Antioquia,
Medellín, 2008.

 

Para los periodistas
perseguidos porque han hablado –verazmente:

Alfredo Molano, William
Parra (ya mataron a su alter ego: William Garra, en la persona del entrañable Jaime
Garzón), Daniel Coronel (quien ya planteó su “silogismo imposible”, bajo la
pregunta: ¿cómo se puede ser culpable o cómplice de un delito que, según el Dedo
AcUsador, no existió?

 

Para los periodistas
mejicanos que están siendo desaparecidos y asesinados.

 

(Fuentes: Cablenoticias TV
(Col.); Noticiero CM&, Canal Uno (Col.))

 


* Juan de Dios
Romero, autor de Conferencias socialistas,
Bogotá, 1920.

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