Tarde otra vez

"… Una vez más el Gobierno nos confirma su costumbre de llegar
al escenario de los hechos indignado y severo pero demasiado tarde. Su
costumbre de dejar que las cosas ocurran y aparecer al final como el último
enterado y el primer sorprendido con los hechos. Y como el tardío censor de
cosas que era su deber advertir y detener desde temprano, siendo la primera
autoridad de la nación. Es alarmante que sea precisamente quien más conoce el
país y más información tiene sobre él, quien aparezca siempre como el último en
enterarse de todo.

Fueron los ciudadanos quienes descubrieron que un sector
importante del Congreso nacional había tenido vínculos estrechos con los
paramilitares que ensangrentaron a Colombia en las últimas décadas. El
Gobierno, elegido con el apoyo de esos congresistas, dijo haberse enterado
tarde de esos vínculos indeseables, pero también se esforzó por negarlos.

Fueron los ciudadanos quienes advirtieron que miembros de
las Fuerzas Armadas e incluso de la alta oficialidad estaban aliados con grupos
y personas al margen de la ley para la ejecución de delitos. El Gobierno se
aplicó a negar esos vínculos y prefirió acusar a quienes los denunciaban declarándolos
cómplices de siniestras organizaciones terroristas, hasta cuando la evidencia y
la ley demostraron que esas alianzas existían.

Fueron los ciudadanos quienes denunciaron que miembros de la
Fuerza Pública reclutaban jóvenes de las barriadas para asesinarlos y después
presentarlos como delincuentes dados de baja. El Gobierno hizo todo lo posible
por negarlo, pero al final apareció destituyendo a numerosos oficiales y
poniendo cara de perplejidad.

Fueron los ciudadanos quienes señalaron que la proliferación
de empresas que captaban dinero del público con la promesa de rendimientos
exorbitantes era una evidente estafa que crecía a los ojos de la sociedad y
ante el silencio de los funcionarios. El Gobierno, tarde otra vez, ha actuado,
cuando ya la filtración de aguas se había convertido en avalancha.

No hablan bien estas cosas de la capacidad del Gobierno de
controlar a sus propios agentes, de dirigir la economía, de proteger los
intereses de los ciudadanos. Su papel ha sido en todos estos casos invariablemente
el mismo: hacer caso omiso de las advertencias y de las evidencias, y
convertirse al final en el más indignado de los denunciadores. Pero su ardor
final, cuando ya todo está consumado, contrasta demasiado con su tibieza del
comienzo.

Tarde otra vez.Por: William Ospina | 22 Noviembre 2008 -Elespectador.com

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