Luis Tejada Cano (I)


Luis Tejada: Pequeño filósofo de lo cotidiano.

 

Luis Tejada nació en
Barbosa (Antioquia) en 1898 y murió en Girardot (Cundinamarca) en 1924. Sus
crónicas comenzaron a ser publicadas en 1917. Estamos, entonces, ante alguien
que vivió veintiséis años y que escribió, solamente, durante siete. Además, escribió
unas breves crónicas, no todas brillantes, algunas repetidas, cuando el
escritor estaba vacío de inspiración. Agreguemos los silencios e interrupciones
obligados por las enfermedades y los viajes; la pérdida de colecciones de
prensa donde, posiblemente, hubo crónicas firmadas por un Luis Tejada. Así que
cabe preguntarse qué hace interesante a este escritor, por qué sigue cautivando
el interés de un público; por qué se reclama todavía antologías de su obra. Por
qué su vida y su obra siguen siendo objeto de estudios biográficos, de ensayos
críticos y de compilaciones. Vivió poco tiempo, escribió poco en un género
considerado menor y aun así estamos ante un señor bastante interesante. Y
Tejada no ha sido solamente un escritor interesante para quienes lo hemos leído
o estudiado en las últimas dos o tres décadas. Durante su vida gozó de
admiración; en 1918, por ejemplo, cuando apenas cumplía un año de escritura
sistemática en El Espectador, una nota del periódico de El Día de Barranquilla
reclamaba ya una antología del joven periodista: « Tejada es un escritor joven,
de veinte años, antioqueño…La recopilación de sus crónicas escritas hasta hoy
supera a cualquiera otra hecha en los últimos tiempos ».

 

Creo, entonces, que se
impone tratar de explicar por qué este escritor sigue siendo importante y por
qué su obra ha logrado vencer la existencia efímera de la publicación en la
prensa de su época. Quisiera, primero, ponerme de lado del lector contemporáneo
para presentar algunas razones. Como simple lector, se puede constatar que Luis
Tejada era un escritor entretenido, que tenía el talento de divertir y de
criticar al mismo tiempo; de tal modo que los temas serios no eran aburridos
para el lector ni para el propio escritor; el cronista se divertía criticando,
ejerciendo lo que él llamó el espíritu de contradicción. Ahora bien, un lector
un poco más avisado puede establecer una pequeña comparación con los tiempos
recientes, y va a hacer esta otra constatación: que la escritura libre y
juguetona en el periodismo escrito ha ido desapareciendo. Se trata, quizás, de
una especie en extinción de la que son pocos los sobrevivientes: quizás más
claramente un Daniel Samper Pizano.

 

Es muy curioso que Luis
Tejada sea un autor atractivo a pesar de que su obra completa sea ignorada y
que sólo se conozcan compilaciones que no han reunido, juntas, la mitad de toda
su producción. Sin embargo, no hay que despreciar que las compilaciones de 1977
y 1989 reúnen crónicas que, digámoslo coloquialmente, « se defienden solas ».
Así, parece que lo que hace más interesante a Tejada es que haya podido
escribir en la prensa de la época unas breves piezas que se volvieron muy
singulares, continuamente citadas o evocadas; aún más, resignificadas cuando
son reproducidas en momentos ajenos a la época y a la vida del cronista. Creo
que muchos lectores de Tejada se acuerdan de su Oración para que no muera
Lenine o de sus Meditaciones ante una butaca o de sus Paradojas geométricas o
del Amor y la belleza. Algo semejante no podría decirse fácilmente de un
Armando Solano o de un Luis Bernal o de un Lázaro Tobón o de un José Mar; es
decir, de muchos de los escritores-periodistas 
coetáneos de Luis Tejada.

 

Para explicar cómo logró
escapar Tejada de la muerte cotidiana de cada número del periódico, tendré que
dejar de pensar como el lector desprevenido y, más bien, tendré que detenerme
en algunos rasgos que distinguen la escritura de este periodista. Un primer
rasgo que percibo y defiendo de sus escritos es la capacidad para narrar
circunstancias, así sean las más pequeñas y desprovistas, en apariencia, de
importancia. Esa capacidad narrativa le confiere a sus escritos el valor de documento;
así que para los estudiosos del devenir de la cultura colombiana, la obra de
Tejada es información valiosa acerca de las mutaciones de un período muy
importante de la vida pública del país. De modo que además de la belleza y la
alegría que guardan sus crónicas, ellas conservan un valor documental porque
registran pequeños y grandes hechos, pequeños y trascendentales debates que le
sirven de información al científico social. Desde ese punto de vista, el
cronista fue fiel a su oficio y cumplió con darle un lugar a la memoria sobre
los hechos en que vivió. El narró la transición del país hacia la modernización
tecnológica, los rasgos perturbadores de la industrialización; las mutaciones
en los servicios de transportes: la consolidación del tren, la llegada del
automóvil y del avión. También narró mutaciones en las formas de diversión
popular, motivadas por la llegada del « biógrafo » o del « cinemátografo »,
según los titubeos de los escritores de aquella época que dudaban acerca de
cuál era la palabra más apropiada para designar el novedoso aparato. El
cronista no ignoró que hasta su propia vida estuvo atrapada en ese proceso de transición;
en varias crónicas, él reflexiona sobre su origen provinciano, sobre la
separación de la lejana y aislada aldea para incorporarse al bullicio de las
incipientes urbes. El mismo, en su corta trayectoria de vida, conoció la
paulatina y definitiva concentración de la actividad periodística en Bogotá. El
fue de los últimos escritores que conoció la « doble vida » de El Espectador,
tanto en Medellín como en Bogotá.

 

Ahora bien, Tejada no se
ocupó de, simplemente,  inflar la
noticia. El fue, como lo dijo en una feliz autodenominación, un pequeño
filósofo de lo cotidiano. El supo mirar con detenimiento los pequeños detalles
de la vida cotidiana y los enalteció.  El
se concentró en esos pequeños detalles porque encontró en ellos los indicios de
transformaciones muy significativas; pensemos en la importancia que le concede
a la instalación de relojes en las zonas públicas de la ciudad; pensemos en su
defensa de las moscas ante el avasallador higienismo; leamos su meditación
sobre la prohibición del bigote entre los agentes de policía de Bucaramanga o
su elogio de un árbol que fue cortado en un parque de Bogotá. En Esa pobre
niña, crónica de 1918, Tejada ya se había afianzado como narrador perspicaz de
« esas existencias que se deslizan calladamente » pero que pueden condensar «
las tragedias más intensas ». A esto podemos añadir aquellas crónicas detenidas
en el absurdo de la vida de las cosas: la corbata, los pantalones, el sombrero,
los zapatos. También evoquemos el detenido elogio de los pequeños detalles y
personajes de lo cotidiano; los títulos son dicientes: El pescador, La uñas, La
maestra, Los estudiantes, Elogio del carpintero, Los cajeros, Los cordones.
Minimalismo, dirán unos; evasión romántica, dirán otros. Influencia de Los pequeños
poemas en prosa de Baudelaire, sin duda. También puede pensarse en una deuda de
inspiración con las Enormes minucias de su admirado Chesterton. En todo caso,
estas crónicas fueron fruto de un método que él mismo Tejada bautizó como «
vagabundeo filosófico » por la ciudad y que consistía en salir a caminar
desprovisto de itinerario para conocer las vidas anónimas de las gentes, los
imperceptibles cambios en las costumbres, la belleza y a la vez la tragedia de
las novedades tecnológicas. Así, Tejada se aproximó a una incipiente y bella
sociología urbana.

 

Su obra es uno de los
pocos ejemplos de la crítica de la cultura, parcializada, militante y
apasionada. Nunca defendió términos medios en ningún aspecto de la vida: exaltó
o destruyó. Recién expulsado de la Escuela Normal de Institutores de Antioquia,
en 1916, definió así su derrotero intelectual: "Prefiero más atacar y
destruir que medrar a la sombra de un edificio manco y carcomido". En una
de sus frecuentes invitaciones al ejercicio sistemático de la crítica,
pronunció palabras como estas: "La crítica literaria y la crítica
histórica forman en Colombia un hermoso campo inviolado, una palestra
provocativa a la que podrían dirigirse las actividades de las juventudes que
llegan".  Pero también muy tempranamente,
en 1918, el cronista se afianzó en una crítica deliberada del proceso de
transición a la modernidad en nuestro país. En Las grandes mentiras, por
ejemplo, Tejada ya parecía resuelto a dedicarse a « revaluar y romper las
cáscaras de esas viejas verdades y esas grandes mentiras ». Es esta rápida
autoconsciencia, la rápida autodefinición de su oficio que le permitió a Tejada
afirmarse y distinguirse en el medio periodístico de entonces como un crítico
persistente, más allá del gracioso narrador de pequeñas cosas. Sin duda, esta
rápida definición de derroteros resulta admirable en el examen de la vida de un
intelectual; pero, además, esa autoconsciencia tuvo la virtud de plasmarse en
el desarrollo de una obra más o menos compacta. Por tanto, la obra de Tejada
tiene un sello inconfundible, singular. La escritura periodística del pequeño
filósofo fue una sistemática crítica de la cultura. Crítica de las convenciones
heredadas, también crítica de los valores morales en ascenso, revaluación de la
tradición letrada, crítica de la tradición política y presagio de la necesaria
organización partidaria  socialista,
examen del derrumbe de creencias y de las dificultades para encontrar en el
espíritu moderno una respuesta a la crisis de fe. Tejada hizo una constatación
semejante a la de Emilio Durkheim para el fin del siglo XIX y comienzo del  XX en Francia, la muerte de « los viejos
ideales », la crisis de la consciencia católica y la dificultad para hallar un
remplazo a ese derrumbe de los viejos altares. A mediados de 1918, en El
problema, nuestro cronista hace un lúcido diagnóstico del dilema de su
generación intelectual: « A la luz de mis pequeños alcances no percibo un
sendero celeste por donde pudiéramos escaparnos dignamente en esta derrota
terrible de los ideales. Miro dentro de mí, y me hallo como un templo
abandonado, donde los altares han sido derribados bruscamente y donde la maleza
se alza sobre las ruinas desoladas”. El fue, por tanto, consciente de vivir
atrapado en una penosa transición. El “templo abandonado” fue después
remplazado por un nuevo ideal que Tejada pareció hallarlo en la militancia
socialista.

 

La paradoja.

 

Tejada, y parece que sólo
Tejada, acudió a un recurso retórico que le garantizó eficacia, y por supuesto
singularidad, a su crítica pertinaz de la cultura. Ese recurso retórico fue la
paradoja. Quizás alguien, alguna vez, se encargará de contribuir a nuestra
incipiente historiografía de la cultura intelectual mediante sendas
investigaciones acerca de los momentos y las razones de existencia de
determinadas formas retóricas o de determinados géneros de escritura. Una
averiguación de esa índole podría brindarnos explicaciones acerca de los
conflictos simbólicos y reales entre sectores sociales plasmados en
determinados productos culturales. Además, la elección y presencia históricas
de ciertas formas retóricas o de ciertas convenciones y representaciones en los
discursos de los individuos creadores en alguna esfera de la actividad
intelectual, servirían como señas o síntomas para comprender con mayor minucia
la dimensión de los enfrentamientos, pugnas y dilemas de grupos de artistas,
escritores o pensadores en cada época. En el modo de escribir pueden quedar
delatados el bienestar o el malestar, la inadecuación o la conformidad de grupos
sociales con respecto al tiempo que les haya correspondido vivir. Me permito, a
propósito, evocar los ensayos pioneros del extinto historiador Germán
Colmenares –me refiero a su libro Convenciones contra la cultura- en que se
percibe esa preocupación por reconocer las intenciones discursivas de
determinados géneros de escritura decimonónica y, si ahondásemos un poco más en
la tarea, podríamos entender mejor, por ejemplo, lo que las élites de aquel
siglo quisieron representar mediante los cuadros de costumbres o las diversas
formas de escritura canónica que prevalecieron en esa época.  Aún más, así como la segunda mitad del siglo
XIX colombiano conoció la tendencia en la prensa artesanal del recurso de la
injuria o la maledicencia para poner en tela de juicio los prestigios del
notablato, recurso que, a su vez, sirvió de estímulo a las fórmulas
hagiográficas y autobiográficas de aquellos que se sintieron heridos en su
honor, o así como a fines del siglo XIX y comienzos del XX se pueden reconocer
tendencias al recurso de la ironía o a los juegos de palabras tales como el
calembour o el retruécano, de ese mismo modo podría identificarse que en los
tiempos de escritura de Luis Tejada no se ignoró la eficacia argumentativa de
la paradoja. Es decir, podríamos aventurar que en en ciertas épocas hay ciertos
énfasis o predominan determinadas formas retóricas que expresan, a la manera de
síntomas, los dilemas que afrontan los sujetos creadores.

 

En la década de 1920 se
leyeron autores clásicos de paradojas y de frases desatinadas, principalmente a
aquellos escritores ingleses que, a pesar de las diferencias de sus posturas
ideológicas, encontraron en el uso de aquella figura de la argumentación retórica
una manera eficaz de protesta y, sobre todo, de develamiento de unas supuestas
verdades incontrovertibles. Esos autores leídos con preferencia por Tejada
fueron Oscar Wilde, Gilbert K. Chesterton y George Bernard Shaw.  En las crónicas del autor de las Glosas
insignificantes y de las Gotas de tinta es muy evidente el influjo de esas
lecturas y es muy consciente el paulatino dominio de esa forma de « decir las
cosas al revés », como lo percibió su amigo Germán Arciniegas.

 

La elección de un estilo
que le brindara sustento a su crítica fue meditada y anunciada. Tejada halló en
la paradoja el recurso apropiado para cuestionar los lemas dominantes de la
burguesía en ascenso relacionados con el 
trabajo, el ahorro y la sobriedad; las exigencias de control sobre la
vida privada que querían imponerse en aquella modernización capitalista fueron
materia de continua burla en la pluma del cronista. La paradoja sería, para él,
la manera más aguda de desafiar a un « siglo atrozmente correcto ». La paradoja
es la manera de afirmar aquello que está por fuera de la norma. Es un juicio
que causa extrañeza cuando se ha impuesto en la sociedad el predominio de otras
normas de conducta; la apariencia de la paradoja es absurda, desconcertante,
extraña. Que en El retrato de Dorian Gray se diga que « el verdadero misterio
del mundo es lo visible y no lo invisible », nos coloca en el sendero de las
reflexiones paradojales. Pues bien, Tejada fue un discípulo aplicado de la
escritura paradojal y muchas de sus crónicas se asemejan a afirmaciones de esa
índole. Recordemos que el pequeño filósofo argumentó que la noche se hizo para
no dormir; que lo peor que le puede suceder a la humanidad es que tenga que trabajar;
que quienes usan las armas son los cobardes, no los valientes.

 

En Tejada, la paradoja
fue un juego poético con las ideas. No era exhibición de erudito, era más bien
intuición y humor altamente concentrados en la media columna de su crónica.
Pero con la paradoja también cimentó su crítica a los convencionalismo morales.
Pudo haber recurrido a la ironía, el arma retórica predilecta de la generación
intelectual que lo precedió, pero para Tejada 
era un recurso desgastado que demostraba « una incapacidad intrínseca
para pensar » y, en consecuencia, no podía « ser nunca un sólido fundamento
crítico, ni fundamento de ninguna obra perdurable o siquiera provisionalmente
eficaz ». Parece, entonces, que Tejada vislumbró el secreto de la
perdurabilidad y de la eficacia en el juego de las paradojas; su ruptura fue
consciente con respecto a formas precedentes de escritura argumentativa en la
prensa. Tejada eligió, temprano, como lo diría Chesterton -uno de sus maestros-
« la otra cara » de la realidad, la posibilidad de ver las cosas « desde ese
otro lado ». Igual que en la concepción del polígrafo inglés, la escritura
paradojal era la penetración en sentidos réconditos en un mundo regido por la
lógica y el orden científicos. Tejada volvió maravilloso e inesperado lo que
permanecía atrapado en lo puramente racional. Chesterton hablaba del retorno a
«la visión espiritual de las cosas», de la «independencia de nuestras normas
intelectuales», del «sentido de la perdurable infancia del mundo». Tejada
tradujo aquello en la concreción de un verdadero sentido común, el de la visión
simple y primitiva de las cosas, despojada de los prejuicios introducidos por
la presunta civilización. En su crónica El sentido común, del 3 de septiembre de
1923, lo decía claramente: «La civilización contemporánea se caracteriza por la
ausencia de sentido común en sus bases y en sus métodos; la noción primordial y
natural de la Justicia y del Bien ha sido oscurecida por la ambición, atrofiada
por el prejuicio, desvirtuada muchas veces por el exceso de inteligencia y de
cultura».

 

En fin, Tejada logró con
la paradoja un sello de distinción como crítico de la cultura y dotó a la
crónica de un sentido superior al del superfluo comentario cotidiano. Hacia
1922, sus contemporáneos admitían que Tejada se había convertido en el
principal cronista del país. En efecto, los intelectuales barranquilleros
reunidos en la revista Caminos, que antes habían hecho parte de la famosa
revista Voces, proclamaron a Luis Tejada como « Principe de los Cronistas
colombianos ». Según la proclama, en Tejada se hallaba « un estilo, un agudo don
de observación, un espíritu inquieto que penetra en las cosas, un desprecio
total al chiste, al retruécano y a la anécdota ».



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