Nueva antología de Luis Tejada (reseña)


LUIS TEJADA: Del humorismo paradójico al
socialismo militante

 

La Nueva antología de Luis Tejada[i],
elaborada por el profesor Gilberto Loaiza, es una obra que deberá consultar
todo aquel que esté interesado en la historia de las ideas y la cultura en
Colombia en la primera mitad del S. XX. Ella nos completa la figura de uno de
los más importantes cultores de la crónica; imagen que había sido presentada de
forma parcial (y parcializada)
con la publicación de Gotas de tinta
(Colcultura, 1977) y Mesa de redacción
(Editorial U. de A., 1989). Parcial, por la omisión, en la primera, de las
crónicas anteriores a 1920, y parcializada, porque cada una se centra en lo
publicado en Medellín o en Bogotá, respectivamente. La antología de Loaiza
brinda un cuadro completo (aunque no exhaustivo) de todos los periodos y todos
los medios periodísticos en los que publicó Tejada (Medellín, Bogotá, Pereira,
Manizales, Barranquilla), en unas 220 crónicas, precedidas por el “Prólogo:
Pequeño filósofo de lo cotidiano”.

El valor de la obra de Tejada ha
sido reconocido por diversos estudiosos, entre los que se puede citar a
Baldomero Sanín Cano, Rafael Gutiérrez Girardot, Alberto Lleras Camargo, por
mencionar sólo firmas reconocidas que, sin embargo, no pertenecen a la línea de
pensamiento de llevó a Tejada del liberalismo radical al socialismo leninista.

En esta breve presentación me
limitaré a mostrar algunos fragmentos de la escritura y las temáticas del pequeño filósofo de lo cotidiano (como
él alguna vez se llamó a sí mismo), siguiendo como línea conductora la idea del
profesor Loaiza de que el escritor pasó principalmente por dos períodos: el
primero, de crónicas signadas por la paradoja (e incluso, el cinismo); y el
segundo, de una escritura comprometida políticamente, que lo convirtió en uno
de los precursores del pensamiento (y la militancia) socialista en Colombia.

Ahora bien, la sensibilidad
política de Tejada está presente desde el comienzo, y aunque es posible
detectar claramente el mencionado cambio de tono en los textos escritos después
de 1922, también es fácil ver la continuidad en algunas temáticas que el autor
abordó en ambos períodos. Veamos algunos ejemplos, en los temas como la
celebración de la “Fiesta del trabajo” (1 de Mayo), las armas, la violencia, la
guerra, y el matrimonio.

 

1. – En mayo de 1918 publica una
breve nota titulada “La fiesta del
Trabajo
”, en la que elogia la decisión de los obreros de celebrar el “día
del trabajo” construyendo una escuela como “el momento más culminante de
elevación moral que han alcanzado hasta hoy nuestras clases proletarias” y
termina “… porque ellos, los que enseñan como certificado glorioso diez
callos duros en las manos, son los arquitectos de la patria, son el oscuro y
nebuloso crisol donde se funde el espíritu que, en las gentes de mañana, será
fortaleza y será triunfo”.

1’. – En 1924 escribirá una columna
con el mismo título, “La Fiesta del
Trabajo
”, y en ella aclara la aparente contradicción de que la Fiesta del
trabajo se celebre con un día de descanso. Aquí Tejada presenta una tesis que
ya hacía parte del acervo marxista: la esperanza de que, mediante el desarrollo
de las fuerzas productivas, “a los hombres les bastará ya trabajar
relativamente poco, para vivir relativamente bien”, resolviendo la aparente
contradicción de que “sólo el trabajo mismo puede traer la disminución del
trabajo”. Tesis aquella de Marx, también defendida por Paul Lafargue en “El
derecho a la pereza” y que retomaría Marcuse en un escrito de los años 1960’s:
“El fin de la utopía”.

2. – En un artículo de 1920,
titulado “Las armas”, Tejada hace el
elogio del cuchillo y el revólver. “Los cuchillos -nos dice- deben ser
indudablemente más bellos leídos o imaginados que sentidos” y a la pregunta
“¿para qué sirven las armas?” responde: “Las armas sirven, simplemente para no
matar a nadie…” Y al que le quiera contradecir con estadísticas de muertos a
puñaladas y a balazos le responde que la locomotora “mata tanto o más aun
cuando se hizo precisamente para otras cosas.” Y agrega una digresión sobre la
psicología del portador de armas:

“La locomotora se inventó para
conducir pasajeros; el revólver se inventó para quitar el miedo y esa es su
función permanente. En realidad, el revólver es en psicología una especie de
contrapeso del “coco” y del “brujo”; cuando estamos grandes, el revólver nos
ayuda a vencer el miedo que el “coco” y el “brujo” crearon en nuestra alma de
niños.” Y continúa: “El miedo es una afección puramente subjetiva. Está dentro
de nosotros como un demoncejo cosquilleante, como un niño mimado que teme a las
sombras y a la soledad. Por eso necesitamos algo que lo adormezca y hay muchas
formas de hacerlo: silbando, cantando, viviendo borrachos (entre más borrachos,
mejor), llevando alguien que nos acompañe y nos hable o, más eficaz que todo,
cargando un arma protectora.” Y concluye: “Los débiles y los tímidos necesitan
un complemento psicológico para ser espiritualmente más fuertes: es el
revólver.”

2’. En 1921 publica el artículo “La espada” lamentando la decadencia del
uso de esta arma (y burlándose de M. F. Suárez quien ha hecho un elogio de la
espada en su discurso de Año Nuevo dedicado a los oficiales del Ejército) y
concluye increpando a las espadas de los museos: “¿No sabéis que estamos en el
siglo de la bella bomba reivindicadora y del férvido puñal anarquista?
Estremeceos en vuestras vitrinas, nobles y enmohecidos pedazos de acero: el
significado de las espadas ha perdido hasta su ingenuo valor lírico: ni los
soldados la llevarán en los combates, ni los poetas la cantarán más. En
adelante será, para los niños formales, un sencillo juguete de Navidad, y los
hombres grandes apenas la veremos estereotipada en el cobre de nuestros
pisapapeles.”

3. De 1922 es el artículo “La guerra”. En él se opone a los
pacifistas:

“Es interesante y conmovedor ver
los esfuerzos enormes que hacen los hombres en todas partes por aparecer
pacifistas, por amar y realizar ese sueño absurdo e inexplicable que se llama
la paz. Pero en la íntima realidad, en la realidad profunda y subterránea del
corazón, ningún hombre logra ser pacifista verdadero; aun bajo la capa gruesa
de carne del burgués más burgués y más gordo queda una divina chispa bélica,
una partícula del instinto supremo de la guerra, que no han logrado apagar
definitivamente ni las alucinaciones locas de la razón ni la influencia de una
vida regalada y soñolienta.”

Le parece a Tejada una “singular
contradicción” que el hombre “se avergüence de la guerra” y la explica: “Es
verdad que, generalmente, el hombre se avergüenza de todo lo que pudiera enorgullecerlo.
Del amor, por ejemplo; sin embargo, el amor, como la guerra, es una sed
infinita del alma; un abrazo y una estocada son dos maneras distintas de
vigorizarse, de duplicarse interiormente, eliminando o queriendo eliminar a
otro ser. El hombre se avergüenza de ambas cosas, quizá por la secreta y
misteriosa afinidad que hay entre ellas. En todo caso, el pobre hombre sueña
siempre con llegar a ser una entidad dócil, apacible, conciliadora, llena de
dulce benignidad hacia todas las cosas, y especialmente hacia los otros
hombres; y hay muchos que logran conseguirlo aparentemente, superponiendo a su
naturaleza esencial de animales puros, una naturaleza artificial confeccionada
a base de razonamientos idealistas y de sueños fantásticos. Pero, en el fondo,
la chispa selvática y agresiva vigila…” Y concluye: “Ahí me tiene la
contradicción curiosa que suele haber entre los sueños pacifistas de los
hombres y su alma violenta: entre el instinto poderoso y la idea efímera.”

3’. En el artículo “La evolución de la violencia” (de 1923)
argumenta en contra de una discusión sobre la guerra y la paz efectuada en el
Senado y divulgada por los diarios. Sustentando por qué, a su parecer, no
podría darse una guerra civil en la Colombia de la época, se refiere a la forma
como ha “evolucionado la violencia”: “ya no puede producirse en el sentido
antiguo cuando entre el opresor y el oprimido, o entre el gobierno y la
revolución, existía más o menos una igualdad de posibilidades de triunfo. Hoy
los gobiernos están demasiado bien preparados para la guerra, técnicamente,
sobre todo; el revolucionario inerme, o relativamente inerme, no puede salir ya
abiertamente al terreno a partir el sol contra ejércitos poderosos…” Y más
adelante hace esta afirmación que parece anticipar lo que vivimos hoy: “Por
esto –dice- la violencia está buscando una forma dispersa, ubicua, inasible y
renaciente que rehúye el peligroso combate formal, en campo raso, y prefiere la
acción individual o de pequeños grupos móviles que actúen en las ciudades y en
los centros poblados; adopta como medios eficaces, el boicoteo, el sabotaje, el
atentado, el asalto, el motín, la explosión; usa la pistola, la bomba, la
granada y la ametralladora. Y derriba a los gobiernos, cuando esa acción logra
hacerse simultánea, dilatada e incesantemente.” Ya al final, profetiza sobre
una guerra futura: “… esa guerra no será entre los partidos: será la guerra
del pueblo contra los partidos”. Desafortunadamente, la historia lo desmintió,
tres décadas después, y nos quedamos esperando esa singular guerra.

4. – Finalmente, veamos tres
apreciaciones del autor sobre el matrimonio, una de 1924, otra de 1922 y una de
1920. En ese orden inverso. En el artículo “Sobre
el matrimonio
” (1924), escrito a propósito del casorio de su amigo el poeta
José Mar, compara el ritual del matrimonio con un funeral: “Se va a la iglesia
haciendo un esfuerzo de valor personal, como el que se lanza a una arriesgada
aventura. Y es porque el rito, sencillo en sí mismo, asume sin embargo un
aspecto externo espantante. Hay, ante todo, que ir provisto de dos padrinos
severos como cuando se trata de un desafío; y ya en el altar, le encienden a
uno cuatro cirios melancólicos y le asperjan agua bendita, como se hace en un
entierro.” Sin embargo, el artículo concluye con un elogio de la mujer: “No hay
necesidad de tener muy buena idea de la mujer, para creer que ella nos
perfecciona y nos complementa. Y nos da también una estabilidad necesaria. El
tierno peso de esos brazos que nos enlazan el cuello, es como un ancla que el
alma errante echa para siempre, y que la sujeta al suelo fecundo.”

4’ – En 1922 publica el artículo “Reflexiones de un cronista recién casado”,
sobre 2la sublime calamidad” de haberse casado “sin saber cuándo ni cómo”.
Comenta el chiste de un amigo suyo que dijo que “el matrimonio es un negocio en
que el hombre pone el capital y la mujer los gastos”: “Tal vez haya algo de
verdad en ello, pero en ese caso, el matrimonio sería el único mal negocio en
que sale ganando el perdioso, porque se gana una mujer, esa cosa extraña y
magnífica que es una mujer, ese delicioso animalillo de ojos fulgurantes, ese
pequeño ser magnético que ves por la calle cubierto de pieles, tan mimoso y tan
poderoso, tan delicado y tan fuerte, tan flexible y tan heroico. Además, tener
mujer propia, garantizada para toda la vida, es el único lujo que se puede dar
hoy un muchacho pobre…”, pues, agrega más adelante: “… la mujer es al mismo
tiempo lo más decididamente lindo y lo más relativamente barato que Dios ha
puesto en el mundo”. Termina aconsejando al que se vaya a casar que lo haga sin
pensarlo mucho, “de una manera súbita y relampagueante, como cuando se va tomar
una ducha fría. (…) Al fin y al cabo, el amor es una enfermedad del corazón,
y lo más natural es que uno se case de repente”.

4’’ – Finalmente, en 1920, publica
el artículo “El hombre que se casa”,
a propósito del matrimonio del escritor Anatole France, sorprendido de que este
maestro del escepticismo termine creyendo en tantas cosas, “¡incluso en el
amor!”. Lo interesante de este texto es la comparación que hace entre “el
hombre que se casa” y “el hombre que predica”. Ambos son “el tipo esencial del
crédulo, del que tiene fe absoluta en la vida y está metido dentro de la vida
con una obstinación ciega e ingenua, como la de los niños; es el que lleva
todavía dentro del corazón ese pajarito pueril que se llama Esperanza. Por eso
el pastor y el enamorado son siempre seres un poco ridículos; ¿y no lo han de
ser si van persiguiendo con empeño conmovedor cosas comprobadamente ilusorias y
frágiles?”. (…) “El apóstol que cree en una posible modificación de la vida y
el enamorado que busca un remedio para la soledad de su corazón, van en persecución
de unas mariposas locas, no saben que esas cosas son inmodificables e
irremediables; no aprovechan las viejas y constantes lecciones de la
experiencia y no logran salirse de esos círculos cerrados para contemplar el
panorama desde un punto indiferente.” Al apóstol filantrópico y al enamorado
opone la figura del humorista, del desencantado que “tiene una intuición
especial y completa de las realidades”, que no espera nada: “El humorista está
al ‘margen’ de las cosas; el enamorado y el apóstol están “dentro” de las cosas
y las toman tan a pecho, tan en serio, que podrían dar tristeza si no fuera
porque hacen sonreír”. Y termina Tejada con una apreciación sobre Anatole France
que, me parece, le podría ser aplicada a él mismo: “M. France dejó de ser
humorista desde que ingresó al socialismo, porque un socialista es lo más
dramático y lo más serio que hay en el mundo, ahora que M. France se ha casado,
no sólo será serio y dramático, sino también decididamente trágico: el
matrimonio es y será siempre una tragedia, una mala tragedia.”


[i] Nueva Antología de Luis Tejada. Edición a cargo de Gilberto Loaiza
Cano. Editorial Universidad de Antioquia, 2008, 560 páginas.



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