La musa Armonia



El lay de Aristóteles

Juan José
Arreola

 

Sobre la
hierba del prado danza la musa de Aristóteles. El viejo filósofo vuelve de vez
en cuando la cabeza y contempla un momento el cuerpo juvenil y nacarado. Sus
manos dejan caer hasta el suelo el crujiente rollo del papiro, mientras la
sangre corre veloz y encendida a través de su cuerpo ruinoso. La musa sigue
danzando en la pradera y desarrolla ante sus ojos un complicado argumento de
líneas y de ritmos.

Aristóteles piensa en el cuerpo de una
muchacha, esclava en el mercado de Estagira, que el no pudo comprar. Recuerda
también que desde entonces ninguna otra mujer ha turbado su mente. Pero ahora
cuando ya su espalda se dobla al peso de la edad y sus ojos comienzan a
llenarse de sombra, la musa Armonía viene a quitarle el sosiego. En vano opone
a su belleza frías meditaciones; ella vuelve siempre y recomienza la danza
ingrávida y ardiente.

De nada sirve
que Aristóteles cierre la ventana y alumbre su escritura con una tenue lámpara
de aceite: Armonía sigue danzando en su cerebro y desordena el curso sereno del
pensamiento, que se jaspea de sombra y luz como una agua revuelta.

Las palabras
que escribe pierden la gravedad tranquila de la prosa dialéctica y se rompen en
yambos sonoros. Vuelven a su memoria, en alas de un viento recóndito, los giros
de su dialecto juvenil, vigorosos y cargados de aromas campesinos.

Aristóteles
abandona el trabajo y sale al jardín, abierto como una gran flor que el día
primaveral abastece de esplendores. Respira profundamente el perfume de las
rosas y baña su viejo rostro en la frescura del agua matinal.

La musa
Armonía danza frente a él, haciendo y deshaciendo su friso inacabable, su
laberinto de formas fugitivas donde la razón humana se extravía. De pronto, con
agilidad imprevista, Aristóteles se echa en pos de la mujer, que huye, casi
alada, y se pierde en el boscaje.

Vuelve el
filósofo a la celda, extenuado y vergonzoso. Apoya la cabeza en sus manos y
llora en silencio la pérdida del don de juventud. Cuando mira de nuevo la
ventana, la musa reanuda su danza interrumpida. Bruscamente, Aristóteles decide
escribir un tratado que destruya la danza de Armonía, descomponiéndola en todas
sus actitudes y en todos sus ritmos. Humillado, acepta el verso como una
condición ineludible, y comienza a redactar su obra maestra, el tratado De
Armonía
, que ardió en la hoguera de Omar.

Durante el
tiempo que tardó en componerlo, la musa danzaba para él. Al escribir el último
verso, la visión de deshizo y el alma del filósofo reposó para siempre, libre
del agudo agujón de la belleza.

Pero una noche
Aristóteles soñó que caminaba en la hierba a cuatro pies, bajo la primavera
griega, y que la musa cabalgaba sobre él. Y al día siguiente escribió al
comienzo de su manuscrito estas palabras: Mis versos son torpes y desgarbados
como el paso del asno. Pero sobre ellos cabalga la Armonía.
 



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