Mexico se colombianizó

La desigualdad, el eterno punto de partida.

“Acátese y cúmplase: el monopolio de las creencias y el
monopolio del poder político y el monopolio del poder económico y el monopolio
de la conducta admisible se integran en un haz de voluntades tiránicas. Se margina
a mayorías y minorías y se considera natu­ral o normal su destino atroz. A los
excluidos de la Nación (la mayoría), se los condena al infierno de la falta de
oportunidades que complementa la ausen­cia de respetabilidad. En los espacios
marginales se congregan los disiden­tes religiosos, los disidentes políticos,
los minusválidos, los alcohólicos, los gays y lesbianas y, muy especialmente,
los indígenas. Y en la marginalidad no declarada pero implacable, las mujeres.
No obstante sus diferencias ex­traordinarias, estos sectores comparten rasgos
primordiales: el costo psíquico y físico por asumir y transformar la identidad
diseñada desde fuera, las difi­cultades para construir su propia historia (el
esfuerzo continuo de adaptación a medios hostiles), y las repercusiones
interminables del «pecado original», la culpa de no ajustarse a la
norma.”

(…)

Los cadáveres de Ciudad Juárez. En el trato a
las mujeres, la violencia ha sido en México el más verdadero de los regímenes
feudales. La violencia aísla, deshumaniza, frena el desarrollo civilizatorio,
les pone sitio militar a las libertades psicológicas y físicas, mutila
anímicamente, eleva el miedo a las alturas de lo inexpugnable, es la distopía
perfecta. La fuerza y el peso histórico del patriarcado, y la resignación
consiguiente, elevan a la violencia ejercida sobre un género a la categoría de
obstáculo inmenso del proceso de­mocrático, y sin embargo esto aún no se
reconoce.

(…) La consideración abstracta importa en demasía. Un
muerto puede ser un acontecimiento gigantesco, así las conclusiones sean tan
irrelevantes como las del asesinato del candidato del PRI Luis Donaldo Colosio
en 1994, pero centenares de mujeres asesinadas en todo México afantasman la
monstruosi­dad del fenómeno en la mirada de las autoridades. Las estadísticas
de la so­ciedad de masas tienden a disolver la profundidad de los sucesos. Seis
mil millones de habitantes del planeta es la explosión demográfica que todo lo
minimiza. No es, como insisten tan torpemente los tradicionalistas, que la
educación laica relativice los valo­res; la educación laica es la primera
garantía de una sociedad civilizada, y lo que les da a los valores éticos su
perspectiva relativizada es el conjunto de hechos ceñidos u organizados por la
demografía. Siempre se requiere la com­prensión humanizada, y al abandonarlo
todo en la estadística, «los quinien­tos miembros o simpatizantes del PRD
asesinados en el sexenio de Salinas, las muertas de Juárez», diluye el vínculo
de las personas con las tragedias: la relación vivísima con seres ultrajados,
sus esperanzas, su trayectoria, su familia. No hay conocimiento específico de
las víctimas.”

(…)

Está escrito desde el principio de los tiempos… Por
siglos, se ha impuesto la mentalidad determinista, el conjunto de prejuicios
más arraigado en La­tinoamérica. ¿Qué entiendo aquí por determinismo? Si no el
proceso de erosión o destrucción de las alternativas, sí las formaciones
tradicionales (el conservadurismo religioso, el clasismo, la ideología
patriarcal) a las que se añaden los mecanismos del poder autoritario, de la
educación y de las industrias culturales. Nada se puede hacer –es el mensaje
transmitido de múltiples formas en los siglos del virreinato– si eres indio o
mestizo; nada es posible, se decreta en el siglo xix, porque vives en este caos
que ni siquie­ra es nación; todo será inútil, se proclama en el siglo xx, si no
perteneces a la elite o si no tienes sitio de privilegio en la movilidad
social.

El determinismo opera primordialmente a partir de la clase
social, el género y el color de la piel, pero en cualquiera de sus variantes
minimiza o ridicu­liza el enfrentamiento a la miseria y la pobreza, calificadas
de expresiones endémicas del ser humano. Desde el llamado de los curas del
virreinato, que les exigen obediencia y resignación a los indígenas y los
pobres urbanos, el determinismo ha convertido las limitaciones económicas y
sociales en rasgos de la idiosincrasia. Si la desigualdad es un rasgo
inalterable de las sociedades, quienes la combatan han fracasado de antemano.

«Ni te esfuerces porque de cualquier modo te
convertirás en los anuncios que estás viendo.»
Psicológicamente, el
llamado a la indefensión ante el poderío televisivo tal vez sea el más grave
–por más fatalista– de los rasgos culturales de los años recientes. No obstante
las graves deficiencias de forma­ción cultural, el fatalismo es una maniobra
jamás justificable. Por desgracia, tiene éxito y los mis­mos intelectuales
están convenci­dos: en efecto, los jodidos lo serán ad eternum porque
hasta allí les alcanzará el salario. Por supues­to, el factor económico es de
una importancia suprema, pero sus consecuen­cias paralizantes no son «ley
divina» ni destruyen el valor de las ideas y los estímulos culturales. Pese a
todo, la Gente (ese término del que siempre se excluye a quien lo emite) puede
desarrollarse culturalmente.”

 

(Fragmentos de Carlos Monsiváis: “México en 2009: la crisis, el narcotráfico, la derecha medieval, el
retorno del PRI feudal, la nación globalizada
” Publicado en la revista
Nueva Sociedad No 220, marzo-abril de 2009, 18 pág. <www.nuso.org>)


One Comment on “Mexico se colombianizó”

  1. isela dice:

    wow!!!!!!!!!!!! EXCELENTE ni que decir… la pura y triste verdad es esa Mexico se hunde o mas bien lo estan hundiendo.GAracias por postear los fragmentos de este ensayo definitivamente buscare el ensayo completo porque esta muy interesante.


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