Palabras, palabras, palabras…

El Fetichismo de la
Palabra

"Escrito está: "En el principio era la Palabra”… Aquí
me detengo yo perplejo. ¿Quién me ayuda a proseguir? No puedo en manera alguna
dar un valor tan elevado a la palabra; debo traducir esto de otro modo si estoy
bien iluminado por el Espíritu. Escrito está: “En el principio era el Pensamiento…”
Medita bien la primera línea; que tu pluma no se precipite. ¿Es el pensamiento
lo que todo lo obra y crea…? Debiera estar así: “En el principio era la
Fuerza…”. Pero también esta vez, en tanto que esto consigno por escrito, algo
me advierte ya que no me atenga a ello. El Espíritu acude en mi auxilio. De
improviso veo la solución, y escribo confiado: "En el principio era la
Acción"."

Johan Wolfgang Goethe, FAUSTO

El origen del lenguaje se
pierde en la bruma de los tiempos. Nunca sabremos cómo se hizo el tránsito del
gesto a la palabra, del símbolo o ícono de la mano levantada, del grito de
guerra y del gruñido suave de la madre o de los amantes, a las primeras
palabras de pasión amorosa o guerrera.

Freud especulaba
atinadamente sobre el significado del desarrollo del lenguaje para la especie
humana. El humano quedó tan maravillado con su invento que empezó a atribuirle
propiedades mágicas: todas las formas de conjuro, las plegarias, los mantras,
el nombre secreto de uno o de su divinidad y la idea misma de el Logos, el
Verbo o la Palabra son rezagos de esa remota fascinación por la palabra. Desde
entonces se ha creído que la palabra cura, transforma la realidad, persuade a
la divinidad, hace bien al amigo y destruye al enemigo, etc.

Este fetichismo de la
palabra es reforzado como omnipotencia del pensamiento y la voluntad (el
platonismo de los simples) cuya más reciente expresión son las técnicas de
autosugestión que los nuevos chamanes venden a los ingenuos, como el “Método
Silva” o la “Programación Neuro-Lingüística”. Lo diré de una vez: ni la fe ha
movido nunca una montaña, ni creer es poder, ni la repetición de ninguna
palabra, fórmula o plegaria hará cambiar la realidad. Sólo las acciones
concretas pueden cambiar algo en el mundo.

Un caso especial del
fetichismo del lenguaje es la creencia exagerada en el poder del diálogo. Es un
innegable rasgo de humanidad el querer resolver los conflictos y diferencias
por medio del acuerdo racional que posibilitan las palabras. Pero,
desafortunadamente, existen muchas situaciones en la cuales el diálogo es
imposible o es inútil. Usted no puede apuntarle al otro con un arma y decirle:
dialoguemos, ni el que acaba de lanzar un puñetazo o una puñalada está en
condiciones de solicitar un diálogo.

Como antídoto contra el
fetichismo del lenguaje me gusta recordar el Nocturno de Alberti:

Cuando tanto se sufre
sin sueño y por la sangre

se escucha que
transita solamente la rabia,

que en los tuétanos
tiembla despabilado el odio

y en las médulas arde
continua la venganza,

las palabras entonces
no sirven: son palabras.

 

Balas, balas

 

Manifiestos,
artículos, comentarios, discursos,

humaredas perdidas,
neblinas estampadas,

¡qué dolor de papeles que ha de barrer el
viento.

qué tristeza de tinta que ha de borrar el agua!

 

Balas, balas

 

Ahora sufro lo pobre, lo mezquino, lo triste,

lo desgraciado y muerto que tiene una garganta

cuando desde el abismo de su idioma quisiera

gritar lo que no puede por imposible, y calla.

 

Balas, balas

 

Siento esta noche heridas de muerte las
palabras.



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