Pucha! Dejé el cigarrillo!

Cómo dejé el cigarrillo

 

Después de fumar por casi
tres decenas de años dejé el cigarrillo. No me convencieron los avisos en la
cajetilla: “El tabaco es nocivo para la salud”, ni las terribles imágenes de
pulmones ennegrecidos como llantas quemadas. Ni la prohibición de fumar en
espacios públicos cerrados, ni las miradas de odio de los abstemios ni las recriminatorias
de mis allegados.

De hecho, he
dejado de fumar muchas veces, especialmente cuando estoy dormido. Considero
seriamente dejar de fumar después de una rumba nico-etílica, pero la intención
me dura hasta el primer tinto. Una vez compré las pastillas de nicoret, y terminé
acompañándolas con un buen cigarrillo.

Las únicas pausas
en mi vicioso hábito las he tenido que hacer cuando caigo enfermo. Es fácil
constatar que con fiebre, moco y tos el cigarrillo no sabe bien (sé de algunos
héroes de la causa que siguen fumando entre las mantas, mis respetos). Yo espero
a que pase la fiebre, me desintoxico un poco con verduras, frutas y ejercicio,
y, cuando me siento en forma, empiezo a fumar.

Pero como quería
contar cómo dejé el cigarrillo empezaré diciendo por qué lo dejé. Lo dejé
porque pude reemplazarlo por algo mejor. No, no me he convertido a ninguna
secta o religión, ni me he matriculado en Narcóticos Anónimos. Simplemente caí
en la cuenta de que estaba fumando compulsivamente, y ya ninguna cantidad de
cigarrillos me saciaba las ganas. Siempre me había dicho a mí mismo que podía
dejarlo cuando me diera la gana, había llegado la hora de probarlo. En enero caí
a la cama con gripe y me dije: esta vez dejaré el cigarrillo por un largo
período, mi cuerpo necesita una pausa larga.

Pasaron unos
quince días y decidí terminar “el último” paquete que había quedado empezado.
Lo terminé en dos o tres días, pausadamente. Las ganas de fumar empezaron otra
vez, mis células clamaban por su dosis de nicotina. Estas ganas de mamar la
columna de humo perfumado, que el padre Freud bautizó como fijación oral (razón
por la cual los parches y otros remedios al uso nunca son efectivos), este
placer sensual y neuronal de la nicotina, es casi imposible de olvidar.

Como soy pobre
pero no asceta, busqué un sucedáneo eficaz. Recordé una bella pipa de brezo que
me trajeron de España, compré una bolsa de picadura y empecé a fumar. El alma
me volvió al cuerpo, retomé mis tareas intelectuales y mis conversaciones volvieron
a ser casi filosóficas.

Las ventajas de la
pipa son varias: no se fuma el papel del cigarrillo (que debe ser la verdadera
causa de mucho cáncer); se fuma menos, porque la pipa exige un ritual y unos
cuidados que toman tiempo y precisan lugar; la gente, aún la que detesta el
cigarrillo, agradece el dulce olor de la picadura y ya no lo miran a uno como
a un apestado sino como a un poeta o un intelectual. Además, si se compra la picadura
nacional, que es muy barata comparada con las importadas, uno se ahorra el 70%
de lo que gastaba en cigarrillos.

Si alguien no
quedara convencido con estas razones, le recuerdo la cita de Thackeray traída
por Lin Yutang:

 "La pipa extrae sabiduría de los labios
del filósofo, y cierra la boca del tonto; genera un estilo de conversación que
es contemplativo, pensativo, benevolente y llano".

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One Comment on “Pucha! Dejé el cigarrillo!”

  1. Vanessa dice:

    NARGUILA BAR CALICalle 25 N #5 A N-23¿qué tal será?…algo no muy distinto a la pipa, como sustituto… puede reemplazar al cigarro.


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