Chávez y los medios

Chávez y la tentación de la autocracia.

 (Caricatura de David Levine para el artículo Don’t cry for me, Venezuela de Alma Guillermoprieto (6-10-2005)

No soy antichavista. Chávez me cae bien. Su estilo,
egocéntrico (¿qué líder no lo es?) y a veces chabacano, lo puedo soportar. Hasta
me resulta simpático su gusto por la anécdota personal y por lo anecdótico de
la historia. Y aunque no conozco bien el proyecto de la Revolución Bolivariana
(o socialismo del Siglo XXI) profeso una prudente admiración por sus logros en
salud, educación y justicia social en general.

Pero hay varias cosas que me molestan de Chávez. Y me
refiero a Hugo Rafael Chávez Frías, ciudadano presidente de Venezuela, no ya al
proyecto político que encarna. Aunque la separación puede resultar un tanto
forzada; pues el tipo de gobierno que Chávez ejecuta es eminentemente
personalista. En esto se parece a A. Uribe V., pues ambos quieren encarnar el
tipo del caudillo.

El estilo personalista, sincero y protagónico es fácilmente
percibido por la gente como autocrático. Y como el común de la gente no capta
la totalidad del engranaje político (los organismos democráticos de
deliberación y toma de decisiones) se queda con la imagen del líder que tiene
todas las riendas del poder. Este es uno de los efectos claros de los rituales
populistas de Uribe y de sus declaraciones públicas de guerra y exterminio
contra “los malos”, a cargo de su propio peculio. Otro tanto hace Chávez.

Por su formación, más militar que académica, Chávez profesa
un pragmatismo simple (que no es la sofisticada praxis de Marx). Esto lo inferí
de una declaración suya en una entrevista que le hicieron en un avión. Decía allí
algo contra los intelectuales, elogiando la acción y la práctica. Su convicción
de que está siempre haciendo lo correcto lo exime de la duda. Y este
alejamiento de la duda lo predispone contra los intelectuales, que son dados al
escepticismo, a la crítica y a la dialéctica.

Tal vez de allí derive también su desconfianza hacia los
medios de oposición, que le pueden hacer algo de sombra a su megalomanía
mediática (creo que esto fue lo que quiso mostrar el caricaturista del N. Y.
Times, cuando lo dibujó rodeado de micrófonos y cables, cual barba fidelista).
No me meteré aquí en el espinoso tema de los límites de la “libertad de prensa”
en una sociedad democrática o que se quiere socialista. Pero desde Orwell para
acá se han señalado los peligros de un régimen que suprima la libertad de
opinión y pretenda imponer una verdad única. El nazismo, los socialismos
históricos y los regímenes militares han sucumbido en este error. El capitalismo
astuto ha entendido que la válvula de escape de la opinión crítica no se puede
tapar sin que explote la olla. Practican la fórmula cínica: “hablen, hablen,
que yo decido”.

Ojalá Chávez (y sus asesores) entienda(n) que el peligro no
está en la libre circulación de ideas, por absurdas y peligrosas que nos parezcan
o sean, sino en la eliminación de los espacios que permitan su confrontación
pública y su lucha por ganar la adhesión de los ciudadanos y afectar sus
actuaciones.



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