La violación de Alma Mahler

(Sobre la anunciada y tan esperada violación de Alma Mahler, alma
bendita
)*

 

Suena la campanilla del huerto y es Teófilo que viene con una cabra.
Teófilo, como Berrendero, es amigo que aparece de vez en cuando, de tarde en
tarde, de pronto en pronto, traído por el tiempo, o retraído.

Teófilo es bajo, indefenso, intelectual, una hilacha de hombre que lo
ha leído todo y la ha escrito todo:

            – Nada, ya ves, he
venido en el autobús, te he traído una cabra, esta cabra, sé que hace tiempo
que querías una cabra.

            – Si, claro, pasa, es
guapa la cabra. ¿Cómo se llama?

La cabra es joven, señorita, con una tierna cornamenta, casi como una
permanente en hueso, y unos ojos de diosa egipcia.

            – La cabra se llama
Alma Mahler.

            – Alma Mahler. Está
bien. Se lo has puesto tú, claro.

            – Si, ya sabes que ni
Alfonso Guerra ni yo podemos pasarnos sin Mahler.

            – Alma me parece que
era un poco puta.

            – Sí, le salió un poco
puta al pobre Mahler.

            – Un poco cabra.

            – Eso, un poco cabra.

Interno a Teófilo en las profundidades de la mudanza y saco whisky para
los dos: es decir, me limito a tomar la botella que el proletario de turno ha
dejado sobre la alfombra bizantina ¿hay alfombras bizantinas?

            – La cabra es que te
la vendo.

            – Ah. Creí que era un
regalo.

            – Necesito dinero. No
colaboro nada. Y lo que colaboro, no me lo pagan. De modo que me dije: ¿qué
puedo yo vender y a quién? Una cabra. Y me fui a buscarla a Entrevías. Por allí
andan rebaños.

La cabra, que Teófilo sujetaba de una cuerda, había empezado a comerse
la tripa de serrín de los sillones.

            – ¿Y cómo has traído a
Alma Mahler hasta aquí?

La cabra era guapa, joven, con el cuello larguísimo, picassiano, y las
tetas rosavináceas.

            – La metí en el coche,
apartándola de un rebaño, mientras el pastor se masturbaba, o masturbaba al
perro, no sé. La he tenido en casa unos días. Se ha comido todos los tiestos de
la terraza. Y hoy me he subido al autobús con la cabra. Al principio, el tipo
se ponía borde, pero luego le he dado cuarenta durandartes, que añado al precio
de la cabra. A los viajeros les caía bien el bicho y se han manifestado a
favor. Cuando les he dicho que se llamaba Alma Mahler, un viajero le ha pedido
al conductor que pusiese algo de Mahler en el transistor, que siempre lo llevan
encendido, ya sabes, pero el conductor no había oído hablar de Mahler y dijo
que él prefería la salsa. Ya sabes cómo son. Funcionarios públicos.
Encarnaciones del socialismo en paño azul y sudado.

            – En alguna emisora
están poniendo siempre Mahler. En una o en otra.

            – Sí, pero el tipo era
el tipo. Luego nos hemos dado un paseo hasta aquí, Alma y yo.

—————

La cabra va y viene, mordisqueando flores de trapo y arrastrando la
consola. Tengo que atarla al piano. Un piano de cola, negro y en llamas, que ha
venido macizo de pirita de cobre.

            – Bueno –dice
Teófilo-, pues yo ya me voy.

            – Acábate el whisky,
hombre. Lo del proletariado era una broma.

            – Dime una cosa, antes
de irme. ¿De verdad te vas a tirar a la cabra, como siempre decías?

            – Ahora que vamos a
tener relaciones domésticas, lo pensaré. Siempre que oigo a Mahler, el alma me
pide tirarme a Alma.

            – Se dice que andas
con una judía millonaria. O sea que estás servido.

            – Sí, pero el caso es
que la cabra se parece a la judía, a Rita. O la judía a la cabra. Y esto me
crea un problema de afinidades electivas, como decía tu admirado y reaccionario
Goethe.

            – ¿Vas a traicionar a
la judía con una cabra?

            – Quizá traicione a la
cabra con la judía. A fin de cuentas, la cabra va a vivir conmigo, a a ser la
doméstica, la legal. Y la judía tiene marido.

            – Nunca te entenderé.
Quizá escriba algo sobre ti.

            – Mejor sobre la cabra.

Y Teófilo se va. Teófilo, hilacha de hombre, hilacha de escritor,
hilacha de hilacha. Se va a dar un paseo hasta el autobús, cargado con el
bloque de pirita. La cabra quiere salir a despedirle, pero la consola no pasa
por las puertas.

Ya a solas, me dedico a Alma Mahler, la observo, la estudio, la rodeo,
la acaricio, la quiero, le traigo cosas del huerto para que se las coma. A Alma
le gusta todo –tomates, zanahorias, fruta-, como a la Mahler le gustaban todos
los hombres.

Luego la desato de la consola y la llevo dulcemente hasta el piano, un
piano negro y en llamas (creo que ya se ha dicho), un piano de cola que viene
macizo de pirita. Demasiado peso para Alma.

            – Ven, amor.

La ato a la pata del piano. Dejo
que se coma, en torno, estirando su largo cuello picassiano, libros antiguos y
valiosos. Las cabras se alimentan de papel, como los críticos literarios de los
suplementos dominicales que nadie lee, salvo una tía del crítico y una tía del
autor. Dos tías.

De todos modos, Alma Mahler no puede estar siempre a la sombra. Mahler
no me lo perdonaría, aunque a mí Mahler me la trae flojísima y hasta me la
suda. Soy de la generación de Antonio Machín. He pensado en el invernadero como
recinto de Alma. De momento me tumbo en un sofá desconocido, la veo triscar,
bebo whisky, observo cómo Alma Mahler va devorando, minuciosamente, como si lo
leyese, una colección de comedias de Alarcón, “Comedias escogidas de D. Juan
Ruiz de Alarcón y Mendoza, tomo segundo, con licencia, Madrid, Imprenta de
Ortega y compañía, 1829, Los empeños de
un engaño
, acto primero”, etc. Cuando acabe con este segundo tomo, le
serviré el primero, que también lo tengo. El caso es que Alma se sienta
contenta y a gusto en esta su casa.

La digestión de Ruiz de Alarcón hecha por la cabra emite un rumor grato
y vegetativo que me va adormeciendo. En el sueño, por supuesto, Alma Mahler, la
cabra y Rita son una sola mujer a la que me estoy beneficiando con ardor, con
tanto ardor, el soplo, el soplo.

Y el soplo me despierta. Alma también quiere ser rentable, como crítico
literario, comiéndose lo que sobra.

——————-

La cabra, bella y en sombra, parece un diablo. En vano tira del gran
piano de cola en llamas, macizo de pirita. Le echa mordiscos a todo lo que
tiene en torno: pantallas de lámpara, flores de plástico, flores de flores,
libros, cosas (ahora anda con Jovellanos, que la tiene muy bien nutrida:
Jovellanos en libro era más rico en proteínas que su prosa desproteinizada: la
pasta de papel alimenta, y cuanto peor escrito el papel, más proteínas).

            – ¿Y por qué tienes
aquí este bicho asquegoso?

(Cuando Rita se enamora o se indigna, habla con la ge. Como María Félix.)

            – Porque se parece a ti. Quiero decir
que es casi tan bella como tú.

            – Sí, ya sé que
Picasso hizo una cabra en bronce. Pero no es lo mismo viva. ¿Cómo ha llegado
hasta aquí?

            – La he cambiado por
pirita.

            – ¿Estás negociando
con mi pirita?

            – Apenas nada. Compro
bienes pecuarios.

            – Oh, amog, eges
adogable. Pero, al menos, ¿por qué no la sacas al huerto?

            – En cuanto tú te
vayas.

            – ¿No vas a invitarme
a almorzar?

            – No, porque
acabaríamos haciendo el amor. O el amog, si lo prefieres.

            – ¿Y con quién lo vas
a hacer, entonces?

            – Con la cabra.

            – Siempre jugando a
tegible. Adios, Alma.

Y le dio a la cabra entre los cuernos con uno de sus guantes rojos, de
piel tan auténtica, cortaditos por la muñeca.

Cuando Rita y su coche empalmado/baleado se van, salgo de la novela
policíaca,…, y vuelvo a este relato, El
soplo
. Desato a Alma Mahler del piano y me la llevo fuera. La meto en el
invernadero, atada a una estaca, para que se coma las plantas. Me siento entre
dos tiestos, la observo, la admiro. Es más bella que Rita y que cualquier mujer.
Lástima que no sea una mujer. Lástima que las mujeres no sean cabras. Alma Mahler
le echa mordiscos a todo, mucho más feliz aquí que atada al piano. Su belleza
se abre como la de una flor, su cuello se alarga, tiene toda ella la “femenina
distinción” que dijo el poeta. Entre muerdo y muerdo, sus ojos largos,
grandísimos, atlánticos y cálidos, me miran un momento, como con gratitud. Alma
Mahler no lleva esquila al cuello, hubiera sido humillante. Más falta le habría
hecho a la otra Alma Mahler una esquila al cuello. Llena de bondad hacia mí, la
cabra bala.

¿Balan las cabras?

————————————–

(…) ya solo, me dirijo directamente al invernadero y me encierro con
Alma Mahler, habiendo cogido previamente unos puñados de yerba que le pongo en
la boca.

Alma Mahler come, se alegra, devora y, de vez en cuando, levanta su
cabeza de Rita egipcia y me mira.

La amo, la amo.

—————————————–

Ah la penetración, siempre profanación, siempre/simple profanación, ah
la penetración, qué ciega precisión, qué ahondar árido y gratísimo, ah la
estrecha cloaca de musgo rosa al tacto, ah las vegetaciones interiores, lo
femenino de lo femenino, mujer o cabra, cabra/mujer, tenues dificultades,
repetidas virginidades que van cediendo una tras otra, un camino en la noche
oscura del alma, a través del cuerpo ¿las cabras tienen alma?, la insondable
vagina hembra (tautología, sí, vagina/hembra, pero es lo que uno va penetrando,
destruyendo suavísimamente, conociendo: tautologías: un redundar de la hembra
en más hembra, de la especie en más especie, del sexo confirmándose a cada
centímetro como sexo, innecesariamente, deliciosamente). Penetrar a Rita por
detrás es como violar a una cabra. Violar una cabra es como penetrar a una mujer
por detrás. Cualquier mujer a gatas es cabra o loba, con los pechos colgantes y
la vagina ofrecida como un hongo, como una seta fresquísima y reciente, nacida
en la lluvia de ahora mismo.

Ah la penetración, ah de Alma Mahler/Rita/cabra, tres vaginas en una, o
las que sean, una interminable sucesión de vaginas/cloacas por las que ese
pocero cumplidor que es el miembro se adentra más y más, pasando de lo ancho a
lo estrecho, de lo estrecho a lo ancho, vadeando aguas corporales, lluvias
interiores, tanteando paredes que estremecen, fondos provisionales, abiertos
pronto a más placer.

Ah la vagina joven, de un color que no vemos, de un color que no
existe, vagina color cabra, color hembra, color Rita, color Alma, ah la vagina
de humilde y sempiterno color de oveja, vagina color niña, la vagina Enedina,
Enedina/vagina, a todas las penetro dulcemente, violentamente, sangrientamente,
esta mañana, una vagina color niña es lo que me envuelve, lo que envuelve mi
sangre en lanzadera, adónde voy, adónde, adónde vas, cabrón, ah niña, niña.
Alma Mahler a gatas bajo el empuje musical del genio, y yo, Mahler en pie,
entrando musicalmente, golpeando, percutiendo obscenamente en el final
uterísimo de la vagina, de la total vagina, vagina que palpita, serpiente
inversa, hueca, la hembra es serpiente, lo dice el catecismo, ay Ripalda cómo
me corro, cuán larga vegada, padre, la serpiente interior de ellas, esa
serpiente inversa que es una vagina, vibración y serpenteo de la serpiente,
amor, amor, sexo, confundidas vegadas, hondísimo placer, “lo esencialmente otro”,
lo hembra, poseído al fin, querido
Marcel, contra lo que tú decías, amor, y el yo soluble en hembra, el yo soluble
en cabra, en especie, en universo, no hay otro adulterio que el salto de
especie, adulterar con una cabra, amancebarse con una cabra, adulterar con
Rita, amancebarse con Rita, profanar a Enedina, fornifollarse fuerte a Alma
Mahler, Alma pataleando embutida en un falo de música y orgasmo, Alma
pedaleando en el aire del amor ciclista, pedaleando en un piano que flota en el
aire, dando al pedal y al teclado, muriendo en el orgasmo, y la cabra balando
¿balan las cabras, maestro Lázaro?, el coño abierto como una gigantea, la vulva
y el bulbo sangrando sangre de cera virgen, pasar a través de los sexos y de
las especies, eso es follar, esto es follar, esto nos hace inmortales un
segundo.

 

(Francisco Umbral: El día en que
violé a Alma Mahler
. Ediciones Destino, Barcelona, 1988, páginas: 76-77,
80-82, 95, 103-105).

* Título agregado




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