Hablar para pensar

¿Pensamos para hablar o hablamos para pensar?

 

Consideramos imprudente a
una persona que “habla sin pensar” y prudente al que considera para sí mismo
sus palabras y frases antes de pronunciarlas. Así lo reconocía ya el griego
Isócrates:

“… llamamos oradores a los que saben hablar en público, y tenemos por
discretos a quienes discurren los asuntos consigo mismos de la mejor manera
posible”

Pero la dicotomía que
plantea el título de este escrito se refiere a un aspecto distinto de este
prudente consejo. Lo que realmente quiero plantear es que no podemos pensar sin
hablar; pues la deliberación íntima, el “discurrir consigo mismo” es una forma
de hablar.

Tras el consejo prudente de
“pensar para hablar” parece esconderse la idea de que el “pensar” es una cosa
radicalmente distinta y previa al acto de hablar. No creo que sea así. Si
excluimos de nuestra definición del “pensar” los fenómenos mentales que
compartimos con otros animales: ver, recordar, imaginar, soñar, contemplar, reaccionar
a un estímulo, etc., y limitamos la idea de pensar al hecho de construir
relaciones entre conceptos, resulta que no podemos pensar sin “decir algo sobre
algo”, es decir, sin hacer juicios e inferencias.

Esta idea ya era conocida
por los griegos. Platón definía el pensamiento como “diálogo del alma consigo
misma”. Y la cita anterior de Isócrates comienza con esta idea:

Los argumentos con que convencemos a otros al hablar con ellos son los
mismos que utilizamos al deliberar
(íntimamente)”

Siguiendo una idea que se
puede rastrear en Hegel y los hermeneutas alemanes, la Nueva Retórica de
Perelman plantea que el llamado “monólogo interior” es realmente un diálogo; es
decir, que la autorreflexión o deliberación íntima es un diálogo en el que cada
uno asume los dos roles: el que pregunta y el que responde (o el orador y su
auditorio). Agrega Perelman que no hay razón para afirmar que este “diálogo
interior” sea un método de reflexión más fiable y seguro que el diálogo con
otro.

La idea de que
construimos nuestras ideas hablando la encontramos en un escrito corto del
poeta romántico H. von Kleist: “Sobre la
gradual puesta a punto del pensar en el habla”[1]
.
El poeta parte de una experiencia cotidiana común: cuando tenemos un problema
que nos cuesta resolver, lo mejor que podemos hacer es exponer o explicar a
otro los términos del problema. No importa que el otro sepa mucho o poco sobre
el asunto, ni que pueda darnos brillantes consejos. El sólo hecho de presentar
nuestro problema a otro hace que el mismo se nos vuelva más claro para nosotros
mismos. Kleist muestra que muchos oradores famosos construían sus ideas a
medida que las exponían, y resume su idea con un lema:

Los franceses dicen que l’appétit
vient en mangeant,
y esa regla de la experiencia sigue siendo verdadera si
se la parodia diciendo, l’idée vient en
parlant
.”

Buscando en la red
encontré esta síntesis del planteamiento de Kleist:

“Conocemos el mundo,
siempre de modo tentativo, a medida que lo designamos con palabras y lo
construimos sintácticamente en enunciados, es decir, a medida que y en la
medida en que lo empalabramos. Más
allá de la percepción sensorial inmediata del entorno o del juego interior con
las sensaciones registradas en la memoria, el mundo adquiere sentido sólo en la
medida en que lo traducimos lingüísticamente; de otro modo, sólo sería para
nosotros una barahúnda incoherente de sensaciones –táctiles, olfativas,
visuales, acústicas, gustativas– suscitadas por el entorno más inmediato aquí y
ahora.”[2]

Y también el filósofo J. M. Valverde
se ha referido al asunto:

“(el de Kleist) Es un
texto que nos recuerda que pensamiento y lenguaje son una sola cosa. Pero lo
bonito es que Kleist describe ese carácter borroso y de tanteo que hay siempre
en ese proceso que es a la vez palabra e idea. Que naturalmente la escritura no
sale bien en el primer instante, pero que en el acto de escribir uno empieza a
aclararse, llegando tal vez al final de la frase a una conclusión imprevista
que a lo mejor más valía no haber sacado.”

La última frase de
Valverde nos anima a aplicar a la escritura el mismo criterio que estamos
defendiendo para el pensamiento: cuando no tengamos algo claro para nosotros
mismos, intentemos escribirlo.

En conclusión: pensar es
una forma de hablar. No pensamos sin palabras. No hay ideas sin conceptos. Así
que cuando su pareja o cónyuge esté muy ensimismado mirando el paisaje y usted
le pregunta: “¿por qué estás tan callado (a)?, ¿en qué estás pensando? Y el (o
ella) le responda: “No, no estoy pensando en nada”. Créale, lo más probable es
que no esté pensando en nada.


[1] Heinrich von Kleist (1805): Über die allmähliche Verfertigung der Gedanken beim Reden. «Sobre la gradual puesta a punto de los
pensamientos en el habla
» (publicado en Quimera, Nº 14 extra, Barcelona,
Montesinos,  diciembre de 1981, , p. p. 18-20, trad. de José María Valverde)

[2] El «giro lingüístico» en periodismo y su incidencia en la comunicación
periodística
”, Albert Chillón, Cuadernos de Información n° 14, 2001.
Aclara el autor: “«Empalabrar» y «empalabramiento» son neologismos acuñados por
Lluís Duch en sus relevantes reflexiones acerca de la naturaleza logomítica del
lenguaje” (texto disponible en internet)

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