Anatomía de la memoria



Anatomía de la memoria

 Por: Arnoldo Kraus

 Por ahora la memoria carece de anatomía. La expresión por ahora tiene fecha de caducidad: es
muy probable que en el futuro los científicos describan con exactitud los
circuitos celulares, subcelulares y bioquímicos de la memoria. Sin duda, se
desmenuzarán las características de las personas dotadas de buena memoria y los
entresijos de quienes no cuentan con esa cualidad. Es probable que cuando eso
suceda el destino de la humanidad será distinto. No habrá cómo escudarse en el
reino del olvido. No será tampoco factible esconder el rostro detrás de esa
máscara tan detestable con la que cubren sus rostros algunos sátrapas muertos y
no pocos de sus colegas vivos bajo el execrable argumento: no sabíamos.

Memoria es tiempo y tiempo es memoria. Las interconexiones entre
ambos definen muchas características del ser humano. El tiempo de Haití es
parte de la desmemoria de la humanidad. La realidad de la devastación que
asuela a Haití suma el poder de la catástrofe y la vileza de la calamidad.
Aunque no es correcto hablar de responsabilidad de la naturaleza, su ocasional
capacidad destructiva es una de las razones de las muertes producidas por
desastres como los tsunamis o los terremotos. La otra razón, en muchas
ocasiones, es la miseria generada por el ser humano. Pobreza y desastres son
sinónimos.

A diferencia de las turbulencias de la naturaleza, los seres
humanos sí somos culpables de las calamidades de otros seres humanos. La
pobreza, el abandono, la desmemoria y la explotación sin fin son el sustrato de
la desgracia de Haití, de la devastación en África por el sida y de la miseria
de las comunidades indígenas en México y el resto del continente. Lo sucedido
en Haití suma la saña humana y la violencia de la naturaleza. Representa
también el peso de la desmemoria y la furia del tiempo que destroza cuando no
se recuerda que todo, incluyendo el mismo tiempo, se agota. Regreso: memoria es
tiempo y tiempo es memoria. Y agrego: la desmemoria no perdona y el tiempo no
aguarda. Kafka lo dice bien.

Al reflexionar sobre Babel, Kafka explica que es falsa la
idea de que la historia de Babel no pudo terminarse por la confusión de las
lenguas. De acuerdo con sus lecturas, lo que sucedió fue otra cosa: la gente
nunca se animó a poner la primera piedra porque pensaba que tenía tiempo.
Sabemos la lección: cuando se tiene tiempo no hay razón para actuar. El
corolario, de acuerdo con la visión kafkiana, probablemente cierta, es obvia:
el ser humano sólo se mueve cuando el tiempo se agota. En Haití el tiempo se
consumió. La memoria de la humanidad, aunque se activó por medio de la
Organización de Naciones Unidas, fue parca y tardía. El tiempo de la
naturaleza, aunado a la desmemoria de la condición humana devino catástrofe.
Sólo la memoria vigorosa y ética puede domeñar el tiempo, el tiempo que se va,
que se pierde, que destruye cuando se le ignora.

La memoria connota muchos tiempos. Cuando la tragedia se
conjuga en presente, como hoy es el caso de Haití, el dolor y las muertes de
los otros son fundamentales para retrotraer al escenario de la vida, a las
vidas de quienes ostentan el poder omnímodo, los reclamos de los vencidos y los
alegatos de la desmemoria. Es en el presente de las tragedias cuando se debe
actuar sobre el tiempo que corre sin que nadie lo toque. Es en ese tiempo
cuando se debe incidir sobre la desmemoria que dicta sus sentencias ante el
silencio de quienes deben hacer algo para fortalecer la voz de los vencidos.

Recordar el pasado, instalarse en él y glosarlo es la única
forma de impedir que las destrucciones previsibles se repitan. Es también la
única vía para desdecir a quienes ostentan el poder. Es, asimismo, la mejor
arma para rebatir la visión de los vencedores, que no es otra cosa sino la
visión de la desmemoria.

Tragedias conjugadas en presente como la de Haití o la de
Darfur representan la enfermedad del olvido. Ante tantos muertos y tanta
desolación queda claro que la vieja pregunta teológica ¿dónde está Dios? se
convierte en otra: ¿dónde está el ser humano? La cuestión teológica pierde
fuerza frente a la cuestión terrenal: ¿dónde está el ser humano? La pregunta
carece de respuestas precisas. La enfermedad del olvido busca borrar todo. Ante
las trampas de la barbarie, frente a las catástrofes producidas por la
naturaleza y por las calamidades generadas por el ser humano es imperativo
reconstruir el tejido humano. Tejer las redes anatómicas y éticas de la memoria
y diseminarlas, atrapar el tiempo antes de que Babel y la metáfora kafkiana se
apersonen con más fuerza, parecen ser la única vía para contrarrestar la enfermedad
del olvido.

 Fuente:
http://www.jornada.unam.mx/2010/02/09/index.php?section=opinion&article=018a1pol



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