Falacias y política (I)

Las falacias en el discurso
político

Primero presentaré la noción de
falacia (1), luego plantearé tres acepciones del discurso político (2) y
terminaré con algunas ilustraciones del discurso político manipulador o
sofístico (3).

1.
¿Qué es una falacia?

El Diccionario de la Academia
define falacia como “Engaño, fraude o mentira con que se
intenta dañar a alguien. || 2. Hábito de emplear
falsedades en daño ajeno.” Y “sofisma”
(Del lat. sophisma, y este del gr. σόφισμα) como: “Razón o argumento
aparente con que se quiere defender o persuadir lo que es falso.” DRAEL

Los términos “Falacia” y
“sofisma” los usamos para referirnos a lo que Aristóteles denominaba
“argumentos erísticos en el intercambio dialéctico”, dentro del grupo de
técnicas de debate denominadas “elencos sofísticos”.

Tal como recuerda Hamblin: “En
griego no existe una palabra que sea sinónima de ‘falacia’. Aristóteles escribe
sobre la “sofística deliberada” y no sobre simples errores de razonamiento…”[1].
De hecho, los elencos sofísticos son presentados por él,
en el terreno de la dialéctica, como una serie de trucos que puede usar el que está debatiendo con otro, bien
sea para engañarlo o para confundirlo.

La tradición aristotélica retomó la definición que el
filósofo había dado de los argumentos erísticos y denominó “
falacia” (o sofisma) a “un argumento que parece válido, pero que
realmente no lo es”, lo que les permitió tratar el tema de las falacias desde
el terreno de la lógica (y ya no de la dialéctica), con el riesgo de confundir
las “falacias” con los errores de razonamiento lógico que Aristóteles denominó
“paralogismos”

No voy a detenerme aquí en la historia del concepto aristotélico y su
tipología, que atraviesa toda la historia de la filosofía occidental. En un
trabajo titulado “Tres enfoques en el
estudio de las falacias
” hice una reseña de esta historia y traté de
plantear el tema de las falacias desde las perspectivas de la lógica formal, la
dialéctica y la retórica. De este trabajo retomaré la tesis general de que en el
uso falacioso de los argumentos, si bien pertenece más propiamente al
intercambio dialéctico, puede aparecer también una dimensión retórica y puede
valerse de argumentos cuasilógicos para lograr su objetivo. Siendo este el de
persuadir a otro(s) de una tesis, con argumentos que aparentan ser verdaderos, válidos o pertinentes para el caso (el
sentido de esta apariencia se verá después).

Perelman postuló que la petición de principio (que no es para él
un error de lógica) es el principal error que puede cometer quien argumenta
ante otro (u otros), pues consiste en partir de premisas que se suponen
aceptadas por el auditorio cuando este no es el caso. Creo que este error puede
justamente seguir siendo considerado como una falacia. Pero, tal vez, sería la
única falacia reconocida por Perelman, pues su tesis general es que no hay
argumentos que sean falaces en sí mismos, pues la calificación de tales será
siempre dependiente del auditorio específico al cual se dirigen. De modo que lo
que es falaz para un auditorio, puede no serlo para otro. Pero, si ese fuera
siempre el caso, no tendríamos criterios generales para determinar cuando
estamos ante un uso falacioso de la argumentación.

La definición aristotélica de
los argumentos erísticos contiene dos criterios generales: un argumento es
erístico cuando o bien sus premisas son presentadas como plausibles (o válidas
o verdaderas) sin serlo, o bien el argumento es presentado como concluyente sin
que realmente lo sea. El primer criterio puede ser asimilado a la noción
perelmaniana de petición de principio;
el segundo criterio puede abarcar tanto a los paralogismos (errores del cálculo
lógico de la validez) como al uso de argumentos cuasilógicos con la pretensión
de que sean reconocidos como demostraciones lógicas. De hecho, la definición
tradicional de sofisma, como “argumento que parece válido, pero no lo es”
parece estar inspirada en esta acepción del argumento erístico de la dialéctica
aristotélica, pero, siguiendo la línea de los Analíticos, el argumento erístico
fue entendido muchas veces en clave lógica, suponiendo que el criterio de
validez (la pretensión de validez) es exclusivamente lógico, y no, por ejemplo,
plausible o probable.

En esta charla entenderé por
falacia lo que ha propuesto la pragma-dialéctica de van Eemeren, una
participación o movimiento erróneo en un intercambio dialéctico donde se
debaten razones en pro y en contra de una tesis o afirmación. El error
dialéctico consiste en la violación de uno de los “10 mandamientos” (Reglas de
la discusión crítica[2])
que esta teoría ha postulado. Además, entendiendo estas reglas como reglas del
aspecto dialéctico de toda argumentación, ellas incluyen los esquemas válidos
de inferencia lógica (regla 8) y hacen uso de recursos retóricos persuasivos en
la elección de elementos del lenguaje, usados estratégicamente. (“maniobras
estratégicas”). Luego relacionaré estos conceptos con los de “acción
estratégica” y “manipulación” de la terminología de Habermas.

 

2.
¿Qué tipo de discurso es el “discurso político”?. De la búsqueda del bienestar
general a la “lucha por el poder”  y la
construcción del otro como enemigo.

¿Quién ignora que los discursos
parecen más verídicos si son pronunciados por personas bien consideradas que
por gente desacreditada, y que puede ofrecer más confianza una vida que un
discurso?

-Isócrates: XV, 278.

 

Aristóteles incluyó el discurso
político en su concepción del género deliberativo de la retórica,
complementario de los géneros epidíctico y judicial. Mientras que el uso del
género judicial permite juzgar el pasado y el epidíctico permite acrecentar las
adhesiones del presente, el género deliberativo debe orientar la toma de
decisiones, (¿qué hay que hacer?). Para gobernar debidamente, las instituciones
democráticas precisan que los líderes de la polis
tomen las decisiones más adecuadas, en vistas al futuro bienestar de la ciudad,
de la polis, del estado.

Hoy en día la política puede ser
entendida en, al menos, tres sentidos: 1. La política como “el arte de buscar
el bien común”[3]),
2. La política como el ejercicio del poder (y de los micropoderes) que actúan
sobre los comportamientos sociales humanos, y 3. La política como la lucha
estratégica por alcanzar el control de los organismos ejecutivos del Estado. La
primera definición señala un deber ser del ejercicio político (conciliable con
la idea aristotélica del discurso deliberativo); la segunda se refiere al
ejercicio del poder alcanzado (por un medio u otro) y la tercera, al juego de
estrategias para alcanzar dicho poder.

Cualquiera de estas acepciones
puede estar apoyada en un discurso que acuda a argumentos falaces. En el primer
caso estarán todas las falacias ligadas a la demagogia, principalmente las
consistentes en hacer promesas que no se está en la posibilidad o en la
intención de cumplir (violando una de las principales reglas del uso de los
actos de habla que Searle denominó “regla de sinceridad”); estarán también aquí
las falacias que pretenden hacer pasar los intereses de un grupo (religioso,
político, económico) por intereses generales de la comunidad. (A ello parece
señalar Nietszche cuando acusa al Estado de mentir cuando dice: “Yo soy el
pueblo”). En los últimos días hemos escuchado mucho la tesis de que las críticas
de un presidente vecino al presidente colombiano (o a su candidato a
reemplazarlo) son “ataques al pueblo colombiano”.

En la segunda acepción, la
política como ejercicio del poder detentado, aparecerán principalmente las
falacias relacionadas con el “argumento de autoridad”, a las que me referiré
más adelante.

Es importante notar que tanto la
concepción ideal de la política (como búsqueda del bien común) como la idea
neutra del ejercicio del poder, suelen presentar la forma de un discurso
epidíctico, que refuerce la aceptación del poder establecido y la fé en la
buena intención de sus actuaciones.

La tercera acepción, la política
como lucha por el poder, resulta ahora más interesante. No sólo por su
actualidad en este momento político nacional, sino porque ella permite ver
mejor el carácter deliberativo y dialéctico del discurso político (y el
carácter dialéctico de las falacias que en él se presentan).

Una expresión como “la contienda
electoral” nos recuerda que el “debate electoral” de los candidatos a la
presidencia es percibido bajo la idea de que la política es “una continuación
de la guerra con otros medios”. Y la analogía con la guerra puede ser ampliada,
pues estamos ante un mundo dividido en las categorías de “amigos” y “enemigos”;
y tanto en esta contienda de discursos como en la guerra real, todos los medios
pueden servir para el logro del fin perseguido: sean estos la mentira, la
difamación, el disimulo… (ya se ha dicho, la primera víctima de la guerra es
la verdad; y sabemos que el lenguaje es también el primer vehículo de la
mentira).

De allí que la primera falacia
detectable en los “debates electorales” sea una variante de la que ha sido
denominada la “falacia del hombre de paja”, que consiste en hacer una
caricutura, una imagen distorsionada del contendor (el otro, el enemigo), para
derrumbarla más fácilmente con los dardos del propio discurso.

Lakkoff ha mostrado
recientemente que los discursos del gobierno norteamericano para justificar la
guerra en Oriente siguen la estructura narrativa de un cuento con héroes y
villanos (que es una manera de caracterizar el propio ethos y el ethos del
contendor, ante el pathos de la
opinión pública):

 El
héroe es bueno y valeroso, mientras que el malvado es inmoral y un vicioso. El
héroe es racional, y aunque el villano pueda ser astuto y calculador, no se
puede razonar con él. Por ello, los héroes no pueden razonar con los villanos,
los tienen que derrotar
”.

También es conocida la construcción del enemigo que
realizó el régimen nazi para justificar la guerra de exterminio contra los
judíos. Tal como lo relata Víctor Klemperer en sus apuntes sobre el lenguaje
del Tercer Reich:

“Los
insultos explícitos contra el judaísmo son muy corrientes; en contadas
ocasiones hallamos en las manifestaciones de Hitler o de Goebbels a un judío
que carezca de epítetos tales como taimado, astuto, estafador, cobarde, y
tampoco faltan las referencias populares a ciertos aspectos físicos, tales como
“de pies planos”, “de nariz curva”, “reacio al agua”. Para satisfacer el gusto
de los cultos se utilizan los términos “parasitario” y “nómada”. Cuando alguien
quiere denostar de un ario, lo llama “esclavo de judíos”, cuando una mujer aria
no quiere separarse de su marido judío, es una “puta de judíos”, cuando se
pretende atacar a la temida intelectualidad (judía), se habla de
intelectualismo de nariz curva.”

Y más adelante agrega:

Los
críticos incómodos son tratados como enemigos del Estado. La resistencia a
medidas importantes se debe romper “con una dureza implacable” y no se debe
renunciar al método de cubrir de sospechas e insultos a quienes piensan de otra
manera”

Y aunque las circunstancias obliguen a debatir con
el enemigo, las estrategias discursivas se orientarán a mostrar que el
contendor no tiene argumentos válidos, es mentiroso o es inconsecuente con sus
afirmaciones previas. Cuando estas acusaciones corresponden a la realidad, el
denunciante se habrá anotado un punto a favor, pero si ese no es el caso, habrá
recurrido a una falacia (al menos desde la perspectiva de un auditorio o un
analista críticos). Así, la construcción de la imagen del enemigo es un recurso
permanente a la falacia conocida como “ataque ad personam” (que otros
llaman impropiamente “argumento ad hominem”).


[1] Hamblin (1970): Fallacies,
p. 50

[2] Ver anexo al final.

[3] “La política es el arte de buscar el bien común,
que es un bien público” Angulo, Rodríguez y Garzón: La libertad en el banquillo. Treinta lecciones para sobrevivir en
sociedad
. Cinep, Bogotá, 1989, p. 91



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