El mito del héroe y la política mafiosa

Mitología joseobduliesca

Mauricio Puello Bedoya*

Razón Pública, Domingo, 27 de Marzo de 2011

La construcción del mito está en la raíz del poder, y éste dura mientras el héroe conserve sus rasgos épicos. Pero cuando los pies son de barro, tarde o temprano las falsas estatuas caerán estrepitosamente. Reflexiones sobre la cultura mafiosa y sus principales especímenes mitológicos.

De la mito-política…

Llaman poderosamente la atención el sentido y los recursos comunicativos usados por José Obdulio Gaviria (JOG) en sus columnas de El Tiempo, fórmula que me atrevo a localizar entre el mito y la fabula, un recurso político para nada nuevo en la génesis del poder (Carl Schmitt y René Girard sugieren, incluso, que en política es el único recurso posible), pero que en boca de JOG toma matices pintorescos, y tan peligrosos como una mini-uzi en las manos de la loca Margarita, que falleció presumiendo de poeta. Alma bendita.

Los estudiosos del mito lo definen como apenas una proyección de lo real, que el ser humano se ha encargado de tomar por la realidad misma. Un ensueño que opera en el inconsciente colectivo y desde allí es capaz de estructurar los más recónditos lugares de la cultura, predominando invisiblemente no sólo sobre las ostentosas maniobras políticas, sino también [sobre] los cuentos de hadas, el universo de las íntimas relaciones amorosas, y hasta los chistes más ingenuos. Estamos, pues, completamente colonizados de mitos, tanto como de mafiosos.

Se puede localizar el origen y suprema expresión del mito en la figura del héroe, imagen prodigiosa que unas veces se ha llamado Mahoma, Alejandro o Perseo, y otras Spiderman, Maradona o Uribe. Selecto grupo en el que jamás se consentiría la presencia de algún integrante diminuto, del tipo ‘Uribito’, con el que se degeneraría completamente la narración épica. ¿Se imaginan la batalla en las Termopilas conducida por un melindroso guerrero llamado “Leonidicita”, o el Imperio Persa conquistado por un tal “Alejandrito”? Aunque debo reconocer que el nombre del perro del Magno Alejandro no sólo era minúsculo sino ridículo (¡se llamaba “Peritas”!), lo que sí es seguro es que su raza era Moloso, un perro cazador de solemne carácter, muy lejos del escandaloso mini Pincher de Uribe.

El héroe es una celebridad cuya característica fundamental es la autoridad que tiene para robar el fuego divino, un desafío sobrehumano que lo arrojará por una expedición a la que el resto de los mortales no podemos acceder, y en la que será preciso que sostenga un extraordinario cara a cara con el reverso tenebroso de la divinidad, un contendor que en las epopeyas suele tomar forma de medusa, dragón, o simplemente de las FARC [1].

Fenómenos que para JOG coinciden, todos, en un tal “sinchi criollo”[2], cuya identidad no nos ha querido revelar, haciendo uso de una argucia típicamente mitológica: el secreto, el enigma, la cifra jeroglífica.

…a la mito-cultura…

Los antiguos mitos de origen cosmogónico y narración oral, que antes encarnaban en dioses y titanes, en la era del cine y el mercado adquieren una dimensión profana, aunque no menos fabulosa. Escenario que la psicología funcional ha transformado, de un dispositivo natural de la psiquis, a la masiva mercantilización del mito.

Difícilmente se podría cimentar un imaginario global (tampoco un mercado global) al margen de la capacidad de identificación y representatividad que tiene el mito, cuya dimensión intemporal (el héroe es el superhombre de todos los tiempos y culturas) es capaz de integrar a toda la humanidad, más allá de las diferencias de lenguas y costumbres.

Coca Cola y Macdonald podrán no superar en nutrición ni sabor a los productos locales, pero sí en la energía arquetípica con la que cargan sus imágenes. Es decir: no comemos hamburguesas sino mitos, el alimento primordial del alma, de la más fina gastronomía metafísica.

En el fondo subyace la fórmula de poder que ha posicionado a los Estados Unidos como la potencia planetaria: los gringos son un pueblo fundamentalmente apocalíptico, propietario y dinamizador de casi todos los arquetipos básicos humanos.

En ningún otro país la industria cinematográfica hubiese construido el lenguaje mítico que caracteriza hoy a Hollywood [3], donde la narración no crece sobre los diálogos o el sentido, sino que se encadena a una serie de imágenes aisladas y deslumbrantes, en las que se replica la misma moraleja mitológica: salvar el mundo.

Un trasfondo narrativo perfecto para los requerimientos del imaginario mafioso, interesado en hacer uso de la máxima suspensión tempo-espacial del mito, con lo cual bastará que el héroe sostenga su magnetismo combativo, para que consiga transgredir la ley permanentemente y a su antojo, con un eterno setenta por ciento del público enceguecido a su favor.

…pasando por la mito-manía

De esta forma JOG ha decidido defenderse, con mensajes arengosos y superpoblados de signos de admiración y alusiones holocausticas, de las acusaciones personales que varios de sus antiguos cómplices le han formulado a través de WikiLeaks (y aún faltan datos), apenas una mínima parte de los numerosos entredichos judiciales que hoy persiguen a quienes conformaron el equipo de gobierno de su jefe, el expresidente Álvaro Uribe Vélez.

Y como diría Facundo Cabral: tantos millones de vacas en el planeta no pueden estar equivocadas: debe ser pasto. [Millones de vacas no pueden estar equivocadas: ¡comed pasto!]

Defensa donde lo que menos preocupa es el lastimoso uso que hace JOG del lenguaje, sino el proyecto sociopolítico que manifiestan sus monumentales frases, con las cuales hemos conformando exclusivamente para ustedes, los siguientes cuatro ‘grupos temáticos’, de la más reciente cosecha del juglar:

“Trono moral”; “La madre de las batallas”; “El redentor crucificado”; “pareciera que Uribe, como Bolívar, predicó en el desierto y aró en el mar”; “¡Sí! Es la injusticia recurrente de la misma clase de gente veleidosa y ‘principal’ que condenó a Cristo; que renegó de Julio Cesar; que maltrató, y humilló y expatrió a Bolívar”.

Referencias en las que se explicita la triunfante gesta, complementada a continuación con una sarta de proclamas, en las que se denuncia al alevoso enemigo de la causa heroica:

“¡Falsarios!”; “¡No! Le están creyendo a la hez” (entendiendo por ‘hez’, basura, excremento); “(…) los héroes que lograron que acabara la pesadilla paramilitar”, “Llevamos siete años soportando que de la boca de los tipos salgan sapos, culebras, gritos, maldiciones, imprecaciones”.

Y las lacónicas y emotivas soflamas, que nunca deben faltar en estos casos, condimento sublime de los escenarios legendarios:

“¡malo!”, “¡peor!”, “¡fue una farsa!”, “¡Qué fue aquello!”, “¡a la hoguera con él!”.

Para culminar regiamente la sobrecogedora alocución con un ruego, que en el cuadro irrumpe custodiado por el celeste suspiro de una piedad:

“Si el Creador quiso que existieran, y si para que vivan tenemos que mortificarnos, ¡que todo sea para su mayor gloria!”.

Para ese momento ya retumban, infinitos, los aplausos en el baptisterio.

El gorila en la fiesta

No sé si también a ustedes, pero después de esa plétora de emociones y melosería homérica, he quedado como ebrio, desorientado, pegachento, de recoger con cuchara (y perdón por los inoportunos costumbrismos, tan ajenos al tono rutilante de JOG).

Y eso quizá sea lo que precisamente esperan conseguir los estrategas míticos: arrebatarnos la lucidez, la capacidad de razonar, sometiéndonos al aturdimiento de las glorificaciones.

Nuestra hipótesis -que enunciamos aquí desde las ciencias humanas, específicamente desde el campo de la simbólica de la cultura-, es que la politización del heroísmo, cuando decide aventurarse al ejercicio del poder público, no sólo resulta necesariamente tiránica y desinstitucionalizante, sino que en nuestro caso particular esa ocurrencia se ha materializado en una mentalidad hiperbolizante y deliberadamente delictiva, popularmente denominada mafia; o Cartel, para los amigos.

La cultura mafiosa, en estos aciagos tiempos principalmente asociada al narcotráfico, ha representado para América Latina el más rápido y eficaz vehículo de promoción social y acceso a la propiedad; una revolución cuya oferta de movilidad y rápido enriquecimiento, resultaría inconseguible al interior de la cultura fuertemente jerarquizada y resistente al cambio que se ha consolidado en éste lado del mundo (lectura que el Estado tendrá que establecer, al momento de abordar el problema del narcotráfico en sus verdaderas dimensiones y significados).

Sin embargo, frente a la natural influencia que tarde o temprano tendrá sobre la vida pública la inercia expansiva del gran capital acumulado, y sin otra memoria del ejercicio del poder que la brutalidad, la coacción y la astucia, la ramplonería mafiosa se verá obligada a confeccionar una identidad y un discurso que le garantice, al menos, la impostación de su prontuario frente a la opinión y la ciudadanía. Una “mosca en leche” que evolucionará en espiral hasta su autodestrucción, a menos que otra vez se nos ocurra aplicar el proverbio nacional favorito: “deje así”.

Y aunque a primera vista resulte improbable que tenga posibilidades de éxito el intento de esconder un gorila indomable, en una modesta fiesta familiar, no olvidemos que ya lograron ingresar una vez a alias “Job” a la “Casa de Nari”, entre otros numerosos primates.

Seguridades que enamoran

Siendo la mitificación el único mecanismo que definitivamente puede garantizar a estos especímenes ocupar, aunque transitoriamente, un lugar público exento de la acción de la temida ley, la ecuación que nos proponen es la siguiente:

Puesto que la figura del héroe no es de este mundo, asumiremos entonces que la humanidad (léase carnitas y huesitos) del caudillo que lo falsificará, podrá gozar del suficiente revestimiento de fervores y espasmos colectivos (léase teflón Invamer-Gallup), con el cual resistirá perfectamente cualquier alta temperatura, incluyendo la amenaza judicial.

En el mito se podrán esconder y aplazar las irreconciliables contradicciones entre la afición mafiosa por los procedimientos arbitrarios, y las responsabilidades legales propias del Estado. Sin embargo, los falsos héroes desconocen que el mito en manos humanas se desgasta y ensombrece, pues requiere un combustible de renovación y actualización permanente, cuyo ingrediente inmortal un breve y jactancioso opresor no puede diferenciar, mucho menos ofrecer.

Excepto que sea capaz de idear una oportuna guerra: otro ilusionismo que, al erigirse con el falaz propósito de incitar a la ofuscación y el caos, y no para favorecer la autentica y natural disposición de un héroe a la perpetuidad, también se marchitará. Aún en el caso de que logren agrupar momentáneamente a la sociedad en torno al eufemismo de alguna “seguridad democrática”, convirtiéndonos en un penoso corral de tóxicas humaredas patrióticas y [donde] caras destrozadas de maricas, de la peor manera se marchitarán.

Igual que en el enamoramiento, la activación del mito produce una intensa fascinación, una especie de locura donde la única disponibilidad que tenemos es a dormitar bajo la influencia del otro, héroe y/o ser amado. Y como ya se ha probado que somos una especie incapaz de detener el progresivo menguamiento del embeleso amoroso o político, es previsible que un día se nos haga insoportable tener que contemplar un trivial humanoide, allí donde antes divisábamos magnificas señales uribistas.

Entonces nos sentiremos traicionados, dispuestos a cobrar la afrenta de semejante engaño, por encima de Invamer-Gallup, Tola y Maruja, o Procurador misógino. Y es esa la contradictoria emoción que embarga hoy mi corazón.

Donde mito y realidad se juntan

¿A qué se llamará ‘seguridad’, entonces, en una empresa política mafiosa?…

Pues a un épico caballo de Troya, encaminado tanto al saqueo como a la legalización y fortalecimiento de los parasitarios intereses de quienes cabalgan solapados en su vientre. Un proyecto que intentarán ejecutar haciendo uso del más superlativo eslogan mafio-mitológico: “¡a refundar la patria!”.

En general, la politización de la potencial correlación que existe entre mafia y mito, ha resultado tan despreciable y transitoria como la alianza entre intelectualidad y mafia (y no estoy pensado en JOG). Menos en aquellos notables casos como ‘Sangre Negra’, ‘Desquite’ o Bonnie y Clyde, bandidos que nunca ambicionaron portar una credencial distinta a la de una genuina delincuencia.

Y si la decadencia es el destino irremediable de los artificios mitificadores, a lo mejor en los lugares que antes acogieron a ilusorios redentores y ventrílocuos periodistas, nos topemos con un amoroso gamín y su complaciente Sancho Panza. O de pronto con un par de reos, nunca se sabe, considerado que aún la ciencia no conoce el incierto confín donde mito y realidad se juntan…

Notas

[1] Al respecto, sugiero revisar los escritos de Vladímir Propp acerca de la estructura heroica de los cuentos rusos, perfectamente aplicable a un guión político; o los textos de “mitoanálisis” elaborados desde el Círculo de Eranos.

[2] Todas las citas literales han sido extraídas de las Columnas del 8 y 16 de marzo del 2011, El Tiempo.

[3] En este campo sugiero los análisis de Timothy Asch, director del Centro de Antropología Visual de la Universidad del Sur de California.

* Arquitecto con estudios doctorales en urbanismo, énfasis en simbólica del habitar.
Blog: http://www.mauronarval.blogspot.com.
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