Tetas, piernas y nalgas

Diario de Mr. Gardiner:
Sobre tetas, piernas y nalgas
La recolección de la cosecha es dispendiosa. Hay que separar frutos y escoger semillas con el juicio de un maestro que examina a sus pupilos. Algunos malogrados, unos cuantos prometedores y uno que otro maduro.
Prendo un Pielroja y me asomo a la ventana del mundo televisado. No me decido entre las tetas de Jessica de la Peña y las de Ana María Trujillo.
Mi “bruja” favorita sigue siendo Malú. No importa que esté flaca y se ponga unas faldas tan chistosas. Que me perdone la Tata si la dejo en el segundo lugar.
Están de moda las caderonas, como Melissa y Andreína. Tratan de ocultarlo, como si fuera un defecto, siendo que desde siempre unas pelvis amplias han sido signos de fertilidad y placer (y-o al revés). Tendré que publicar mi manual de perito en nalgas.
Los medios se ensañan con Samuel e Iván Moreno y callan sobre los grandes carteles nacionales de contratación, de servicios de salud. Callan sobre los nuevos falsos positivos. A Uribito lo dejan quieto, le dan el beneficio de la duda; a Samuel lo ponen como la cabeza de la pirámide de la corrupción. Uribe está derrotado, pero el uribismo sigue chapaliando, coliando y culiándonos.
Las bellas potráncas de la farándula y el chisme de RCN tienen unas piernas preciosas, pero ya casi nadie se excita con un par de muslos. Hace falta un poco de vulgaridad para ser sexi, aunque a los fariseos les cueste aceptarlo.


One Comment on “Tetas, piernas y nalgas”

  1. hfyts dice:

    RECETA DE MUJER
    (Vinicius de Moraes, “La Vida Vivida”)

    Que las muy feas me perdonen,
    pero la belleza es fundamental. Es preciso
    que haya algo de flor en todo eso,
    algo de danza, algo de haute couture
    en todo eso (o entonces
    que la mujer se socialice elegantemente en azul, como en la
    República Popular de China).
    No hay término medio posible. Es preciso
    que todo eso sea bello. Es preciso que de súbito
    se tenga la impresión de ver una garza apenas posada y que
    un rostro
    adquiera de vez en cuando ese color que sólo se encuentra en
    el tercer minuto de la aurora.
    Es preciso que todo eso sea sin ser, pero que se refleje y
    manifieste
    en la mirada de los hombres. Es preciso, es
    absolutamente preciso
    que todo sea bello e inesperado. Es preciso que unos
    párpados cerrados
    recuerden un verso de Éluard y que en unos brazos se acaricie
    algo más allá de la carne: que se los toque
    como el ámbar de una tarde. Ah, y permítanme que les diga
    que es preciso que la mujer que está allí como la corola ante
    el pájaro
    sea bella o tenga al menos un rostro que recuerde un templo y
    sea leve como escombro de nube: pero que sea una nube
    con ojos y nalgas. Las nalgas son muy importantes, para
    no hablar
    de los ojos, que deben mirar con cierta maldad inocente. Una boca
    fresca (nunca húmeda) es también de extrema pertinencia.
    Es preciso que las extremidades sean magras; que unos huesos
    sobresalgan, sobre todo la rótula al cruzar las piernas y las
    puntas de la pelvis
    cuando se ciñe una cintura ondulante.
    Gravísimo es sin embargo el problema de las fosas claviculares:
    una mujer sin ellas
    es como un río sin puentes. Es indispensable
    que haya una hipótesis de barriguita, que enseguida
    la mujer se alce en cáliz y que sus senos
    sean una expresión greco-romana, más que gótica
    o barroca,
    y puedan iluminar en lo oscuro con una capacidad mínima
    de cinco velas.
    Es de suma importancia que la calavera y la columna vertebral
    se muestren levemente; ¡y que exista un gran latifundio
    dorsal!
    Que los miembros rematen en astas y que los muslos
    tengan cierto volumen:
    que sean lisos, lisos como pétalo y cubiertos de finísimo vello,
    aunque sensibles a la caricia en sentido contrario.
    Es aconsejable en la axila una suave hierba con aroma propio
    apenas perceptible (¡un mínimo de productos farmacéuticos!).
    preferibles sin duda los cuellos largos,
    de modo que la cabeza dé a veces la impresión
    de no tener nada que ver con el cuerpo, y la mujer no evoque
    flores sin misterio. Las manos y los pies deben tener elementos
    góticos
    discretos. La piel debe ser fresca en las manos, brazos,
    lomo y rostro,
    pero en las concavidades y huecos la temperatura nunca debe
    ser inferior
    a 37º centígrados, pudiendo eventualmente provocar quemaduras
    de primer grado. Los ojos, que sean de preferencia grandes
    y de rotación al menos tan lenta como la Tierra, y
    que estén siempre más allá de un invisible muro de pasión
    que es preciso trasponer. Que la mujer sea en principio alta
    o, en caso de que sea bajita, que tenga la actitud mental
    de las cumbres elevadas.
    Ah, que la mujer dé siempre la impresión de que si cerramos
    los ojos,
    al abrirlos ella ya no estará presente
    con su sonrisa y sus tramas. Que ella surja, no que venga; que parta, no que se vaya
    y que posea una cierta capacidad de enmudecer súbitamente
    y nos haga beber
    la hiel de la duda. Y, sobre todo,
    que no pierda nunca, no importa en qué mundo
    ni en qué circunstancias, su infinita volubilidad
    de pájaro; y que acariciada en el fondo de sí misma
    se transforme en fiera sin perder su gracias de ave; y que exhale
    siempre
    el perfume imposible; que destile siempre
    embriagadora miel; que cante siempre el inaudible canto
    de su ardor; que no deje de ser nunca la eterna bailarina
    de lo efímero, y en su incalculable imperfección
    constituya la cosa más bella y más perfecta de toda la creación
    innumerable.


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